01 dic 2020

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Editorial

El covid y la salud mental

A las enfermedades reconocidas clínicamente se suma una tristeza con causas muy objetivas que afecta a gran parte de la población

Un joven, en pleno ataque de ansiedad.

Un joven, en pleno ataque de ansiedad.

Las consecuencias, a medio y largo plazo, del covid-19 todavía están por definir y valorar científicamente. Se extienden desde las secuelas físicas de muy diversa índole, algunas de las cuales solo por ahora solo se intuyen, a las psíquicas, un terreno hoy por hoy desconocido pero que ya empieza a crear inquietud en la comunidad científica. A estas alturas, se calcula que un 30% de la población sufre algún trastorno mental, mientras que un 60% de las visitas a los CAP responden a esta problemática, un 20% más que en una situación normal. La Federació de Salut Mental de Catalunya considera que la depresión se ha triplicado en este año y que la ansiedad se ha multiplicado por cuatro.

Como ya ocurría antes de la pandemia, la salud mental sigue siendo la hermanas pobre del sistema; en el caso que nos ocupa, una especie de daños colaterales que pasan a segundo plano ante la urgencia de solucionar las inmediatas necesidades hospitalarias. No obstante, se vislumbra un escenario descorazonador que tiene múltiples variantes. Tanto se trata del agravamiento de enfermedades mentales anteriores como de la proliferación de nuevos desequilibrios emocionales, a causa del aislamiento y del confinamiento, de la pérdida de seres queridos, de la negación de perspectivas de futuro y  de la presencia inquietante de la incertidumbre en nuestras vidas.

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La ansiedad responde a un miedo generalizado a un mañana incierto y a un aumento de las fobias relacionadas con la presencia del otro, mientras que la depresión tiene relación con la falta de perspectiva para dibujar un escenario optimista. Además, los expertos tienen en cuenta que no se trata solo de las consecuencias de una fragilidad ocasional, sino que entra en juego el estrés a largo plazo o la llamada 'fatiga pandémica', que se ha ido acrecentando a medida que se han instalado la perspectiva de un túnel de largo recorrido. A las enfermedades con más literatura científica se une lo que se ha venido en llamar la 'tristeza covid-19', sin estricta definición clínica, pero que afecta a una gran parte de la sociedad, con malestares reactivos ante una situación de incertidumbre continuada. 

La alteración de la salud mental afecta a cualquier tipo de segmento poblacional, pero tiene más incidencia en aquellos que sufren de manera directa el impacto de la pandemia, desde los sanitarios a la tercera edad, desde los que han perdido su puesto de trabajo hasta los que ven peligrar la estabilidad familiar por la crisis económica, pasando por los menores y adolescentes que ya que sufren trastornos emocionales, de conducta alimentaria o de hiperactividad. 

No vivimos un paréntesis en nuestras vidas sino que se trata de un periodo disruptivo de larga duración que va a hacer mella en nuestra conciencia, individual y colectiva. Afrontar la realidad sin tapujos y buscar apoyo emocional es una manera de hacerle frente. Sin olvidar la importancia que tiene que, más allá de la gestión de nuestros sentimientos, las muy reales incertidumbres puedan empezar a despejarse. Y que no se creen otras más con improvisaciones y mensajes contradictorios y desconcertantes por parte de quienes tienen que administrar una crisis de tanto calado.