Análisis

Iceta, acosado por los viejos fantasmas

El líder del PSC no va a ceder a las presiones de quienes creen que el partido debería ser la Federación Catalana del PSOE ni de los que preferirían que fuera como Ciudadanos

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Miquel Iceta durante su intervención en el pleno del debate de política general en el Parlament.

Miquel Iceta durante su intervención en el pleno del debate de política general en el Parlament. / FERRAN NADEU

Alfonso Guerra, un oráculo socialista del siglo pasado, se sumó hace unos días a la presión sobre el PSC por la supuesta desidia de Miquel Iceta en la defensa del castellano en Catalunya, más específicamente en la escuela. Un asunto que siempre persigue a los socialistas catalanes. El otro es su distanciamiento del bloque denominado constitucionalista, como alternativa de gobierno (improbable) al soberanismo. Viejos fantasmas de quienes creen que el PSC debería ser la Federación Catalana del PSOE y de aquellos que preferirían que fuera como Ciudadanos. La génesis catalanista del PSC le impide ser una cosa y la otra.

En PSC hay catalanistas acérrimos (hubo más en otros tiempos) y anticatalanistas moderados (hay tantos como siempre). El equilibrio entre estas dos sensibilidades (antes llamadas pomposamente almas) configura una ortodoxia que personifica Miquel Iceta. Y a Iceta nadie le tose en el PSC, por eso es candidato a la presidencia de la Generalitat por tercera y última vez, aunque su secretario de Organización, nombrado ministro de Sanidad, le supere en valoración pública. Su objetivo evidente es recuperar para su partido un porcentaje de voto cercano al obtenido por José Montilla en 2010. Aquel 18% no sería nada del otro mundo, comparado con la gloria electoral de otras épocas, pero viniendo del 12,7% en 2015, tendría su mérito. El CIS le deja a medio camino, en el 15%.

En esta perspectiva, Iceta no va a ceder a las presiones de siempre. En materia de lenguas vehiculares en la escuela, porque supondría una renuncia grave al catalanismo fundacional del partido y a su obra de gobierno, de la que nació la vigente ley de enseñanza de 2009, en la que se fija el catalán como lengua vehicular. En cuanto a la estrategia de bloques, porque su alineación con el constitucionalismo inmovilista de Ciudadanos y PP le impediría superar incomodas fotografías justificadas en coyunturas alarmantes; pero sobre todo, porque entraría en flagrante contradicción con su primer objetivo político para Catalunya: la reconciliación que permita el diálogo.

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Los bloques que buscan tener a los votantes prisioneros de la intolerancia de sus dirigentes perjudican al PSC, de ahí el rechazo de Iceta a la petrificación del escenario. Además, la gesticulación permanente que exige la guerra sin cuartel declarada por Ciudadanos y PP para mantener la política de bloques que tan rentable le salió a Inés Arrimadas en 2017 se presume incompatible con la defensa del indulto para los dirigentes independentistas o la reforma del Código Penal para modificar el delito de sedición.

El problema del PSC es el día siguiente a Iceta. El PSC ya no es aquella incubadora de dirigentes procedentes del municipalismo o la universidad. Núria Parlon fue último intento fallido del aparato de promover una nueva figura, tras derrotarla en unas primarias. Salvador Illa tiene por delante un largo pulso con el virus y es difícil de diagnosticar el estado de salud política del ministro para cuando esto remita.