EL TABLERO CATALÁN

¿Madrid mejor que Catalunya?

En Madrid se ha movilizado toda la energía del sector privado para ayudar a la Administración

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Isabel Díaz Ayuso, en un acto con el sector de la hostelería.

Isabel Díaz Ayuso, en un acto con el sector de la hostelería. / EFE

Una nueva obsesión se ha instalado en la cabeza de los gobernantes catalanes. Maticemos. Es la obcecación de siempre, solo que atisbada desde otra perspectiva: Madrid. Esta vez no es el supuesto 'dumping' fiscal, ni los beneficios que le reporta a la capital el modelo de la España radial aquello que carcome a quienes están al frente de la Generalitat. Lo que les resulta embarazoso es la mejora de la situación pandémica en Madrid sin que su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, haya decretado el cierre de sectores económicos enteros u ordenado restricciones imposibles, como sí ha sucedido en Catalunya.

La variable Madrid es omnipresente en el Govern. Más todavía después del fiasco vivido con la ayuda a los autónomos y la confrontación directa y cada vez más subida de tono con sectores como restauración, hostelería o gimnasios. Es el efecto Madrid el que ha llevado hasta límites casi pornográficos las desavenencias entre departamentos ante la prórroga de las medidas prohibitivas. Desavenencias que finalmente el Procicat solventó de manera salomónica: una semana más de jarabe de ricino en lugar de los 15 días habituales.

A pesar de que todas las decisiones se embadurnan de discurso médico y científico, el gobernante siempre tiene en cuenta el impacto político de sus decisiones, particularmente si como en Catalunya las elecciones están a tres meses vistas. El covid-19 no es una excepción. Habiendo evaluado este impacto, la Generalitat ha preferido actuar en modo conservador y mantener las severas restricciones desde la convicción de que la memoria del votante –llevan razón en este punto- es corta.

Salvar la Navidad

Para el Govern, en particular para la parte que lidera ERC, es preferible apurar las prohibiciones para reducir la amenaza de una tercera ola en diciembre que arruine económicamente la Navidad. Es un juego arriesgado por dos motivos: la propia imprevisibilidad de la que el virus ya ha dado cuenta y el hecho de que para aquellos que económicamente están al borde del abismo, o ya han sido tragados por él, un solo día cuenta.

La Navidad es la meca del Govern. Si se puede salvar, consideran en el sanedrín de Pere Aragonés, no habrá factura política en forma de votos perdidos entre los colectivos más perjudicados por las medidas coercitivas de cierre y suspensión de actividades. Además, en el mientras tanto siempre es posible sembrar sobre Madrid la sospecha sobre la veracidad de las cifras que hace públicas el Gobierno de la Comunidad y, como último comodín, apelar a que en el resto de Europa también prevalecen las restricciones.

Más allá de las decisiones concretas, de lo que el Govern no se ha dado cuenta es que, a 600 kilómetros, lo que sí ha hecho el Gobierno de Ayuso es entender, prohibiciones al margen, que el empresariado, lejos de ser un enemigo o alguien empeñado en poner palos en las ruedas al bien común, podía ser un aliado.

El papel de Javier Fernández-Lasquetty, actualmente consejero de Hacienda y Función Pública, pero que también lo fue de Sanidad entre el 2010 y el 2014, ha sido clave en esta función de coordinación y colaboración entre gobierno y empresariado madrileños.

Los especialistas de la Consejería de Sanidad hacen su trabajo, en tanto que primeros responsables de la lucha contra la pandemia. Pero en Madrid se ha movilizado en paralelo toda la energía del sector privado para ayudar a la Administración que, lejos de percibirlo como una interferencia, ha abierto de par en par las puertas a la colaboración.

Tests de antígenos masivos

La apuesta de la comunidad madrileña por los tests de antígenos masivos, que según el epidemiólogo de moda en Catalunya, Oriol Mitjà, es lo que explica la buena evolución de sus cifras sin haber recurrido al cierre de negocios, no fue solo una decisión de los entornos sanitarios. Y no hubiese sido posible sin el empuje del empresariado, implicado también de manera efectiva aportando recursos y conocimiento.

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Desde que en marzo el covid-19 se hizo presente en Occidente hemos tenido tiempo de tomar nota de la endeblez en la que se basan todas las previsiones. Un ejemplo aleatorio: los checos organizaron una cena en el Puente de Carlos para celebrar que habían vencido al virus con más inteligencia y previsión que el resto de los europeos y hoy sus números son de los más preocupantes. Sacar pecho y compararse es un bumerán. Vale también para Catalunya y Madrid.

Pero tomar decisiones sentando en la mesa a los que van a sufrir sus consecuencias, e incluso dejarse ayudar por ellos, es una buena práctica. Y en esta en concreto, no hace falta recurrir al VAR, Madrid lo ha hecho mejor que Catalunya. Quizás haya ayudado que en la Comunidad ser empresario todavía no resulte sospechoso y que la colaboración público-privada sea por tanto más fácil. Como un día, por cierto, lo fue en Catalunya.