01 dic 2020

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AL CONTRATAQUE

Ernest Lluch, exministro y exdirigente socialista catalán, asesinado por ETA.

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Atreverse a pensar

Carles Francino

A Ernest Lluch le encantaba conocer. Y escuchar. Y descubrir

“Gritad más, que gritáis poco. Porque mientras gritéis, no mataréis.” Corría el mes de junio de 1999 y ETA estaba en tregua, cuando Ernest Lluch se enfrentó en Donosti -su segunda ciudad- a los energúmenos que intentaban sabotear un acto electoral. Alguien le tomó la matrícula, aunque seguramente ya estaba en la lista, y año y medio después le asesinaron. Dos tiros por la espalda y un enemigo menos de la patria vasca. Mira que ya lo decía Unamuno en sus clases: “A nadie le reconozco la exclusividad de apropiarse del patriotismo”. Pero me temo que los que mataron a Lluch-y a tantos otros- eran más como Millán Astray y su “¡muerte a la intelectualidad!”.

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No hay que perderse, por cierto, 'Palabras para un fin del mundo', donde Manuel Menchón retrata las mentiras sobre la figura y la muerte de Unamuno, y los detalles de su enfrentamiento con el fundador de la Legión. A Millán Astray, Lluch le hubiera caído fatal porque era lo que más detestaba: un intelectual. Que además de ministro de Sanidad y dirigente socialista, fue agitador, activista y culé empedernido. Su conversión a melómano en plena dictadura, salirse de una reunión para vomitar por la tensión con un representante de los médicos mientras negociaba su Ley de Sanidad o la decisión de cambiar el lema de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander cuando era rector por 'Sapere aude' (“Atrévete a pensar”), son algunos de los pasajes de 'Ernest Lluch, libre y atrevido', un documental dirigido por el periodista Josep Morell, que se emitirá en La 2 de TVE el próximo sábado, coincidiendo con el vigésimo aniversario de su muerte.

“Ya no quedan en política personas tan humildes, tan austeras y tan profundamente dignas”, lamenta su gran amigo, el exalcalde donostiarra Odón Elorza. Y no le falta razón. No hay más que echar un vistazo a la tropa que nos da la matraca con argumentarios precocinados y un sectarismo desesperante. Están encantados de conocerse. A Ernest le encantaba conocer. Y escuchar. Y descubrir. Era practicante de la diversidad, no de la uniformidad. Por eso estorbaba.

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