26 nov 2020

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MACHISMO

Una mujer lee el libro ’Le Consentement’, de Vanessa Springora.

afp / MARTIN BUREAU

El consentimiento

Jenn Díaz

La violencia machista, si no se te presenta explícita, no la sabes detectar, y si no la detectas, la normalizas

"Tengo la sensación de que he sido elegida". Es la manera que tienes de justificar tu relación, aquella que está basada en el abuso pero que tú consideras del todo legítima, desde la igualdad y el consentimiento mutuo, desde la madurez y con total conocimiento de los matices y las dificultades, aquellas adversidades que fortalecen un amor. Si además esta relación encuentra un impedimento, alguna pega, un obstáculo que puede ser la moral de la época o parte de tu entorno, la sensación de haber sido la escogida, de ser la heroína de tu propia historia, va creciendo.

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Así lo describe Vanessa Springora en ‘El consentiment’. Dice que se sentía la escogida, pero muchas hemos pasado por ahí. Nos hemos convencido de que en el amor que sentimos hay pureza, que no tiene nada que ver con la violencia que nos hacen entender que padecemos: porque la violencia, si no se te presenta explícita, no la sabes detectar. Y si no la detectas, la normalizas, la digieres, la asimilas. La justificas. Convives.

En el caso de Springora hablamos de pedofilia disfrazada de liberación sexual y libertad individual, pero cuántas veces es en nombre del amor romántico. La diferencia de edad entre el agresor y la víctima –el enamorado y la enamorada– condiciona las relaciones de poder que afectan a la sexualidad, la inocencia y la vivencia personal. Estas relaciones de poder basadas en la desigualdad y en la distancia que hay entre la experiencia de uno y otro son relevantes a la hora de determinar que aquella relación amorosa, por más que la víctima la reconozca y la desee, no parte del principio de igualdad. En la cama, en una discusión, en la toma de decisiones, en una reconciliación: manipulación o sometimiento parecen una guía, una lección de vida: de maestro a aprendiz. Por eso eres la elegida.

De esta confusión también se alimentan las relaciones tóxicas. Creer que esta anormalidad te hace una persona interesante paulatinamente te aleja de tu entorno, te aísla, te hace perder perspectiva. La vulnerabilidad le abre la puerta al agresor, mientras que la aprendiz se cree invencible. Madura, adulta, capaz de sostener un amor pasional que nadie entiende. Y si no la entiende nadie... por algo será.