Análisis

Putin impone la paz en Nagorno Karabaj

El acuerdo firmado por Armenia, Azerbaiyán y Rusia consolida la influencia de Moscú en el sur del Cáucaso

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Putin impone la paz en Nagorno Karabaj

MONRA

La paz postsoviética se impone en Nagorno Karabaj, una región donde el odio étnico-religioso entre armenios y azerís desata erupciones de violencia que pueden ser tremendamente destructivas dependiendo de su intensidad y duración. El pacto firmado por Armenia, Azerbaiyán y Rusia pone fin a la guerra iniciada el 27 de septiembre en la que, según el presidente Putin, han muerto casi 5.000 personas. La mayoría son soldados armenios, aunque también se han denunciado ataques indiscriminados contra la población civil en aldeas arrasadas por la artillería.

Después del fracaso de tres alto el fuego, la conquista azerí de la ciudad de Susha, a solo 11 kilómetros de Stepanakert, capital del Alto Karabaj, empujó a las autoridades de este enclave poblado por armenios, pero reconocido internacionalmente como parte de Azerbaiyán, y al primer ministro armenio, Nikol Pashinián, a aceptar la pérdida de territorio a cambio de la paz. Rusia, que tiene un acuerdo de defensa con Armenia y unas excelentes relaciones con Azerbaiyán, se encargó de pergeñar el texto, que consolida su influencia en el sur del Cáucaso.

Las únicas décadas de cierta calma y convivencia entre armenios (cristianos) y azerís (musulmanes) las impuso la Unión Soviética, pero cuando el régimen comenzó a descomponerse, el primer polvorín que azuzó su desmembración fue el de Nagorno Karabaj, cuyos habitantes celebraron en 1988 un referéndum para independizarse de Azerbaiyán. Fue el pistoletazo de salida de una guerra y una limpieza étnica que en 1994, cuando se alcanzó la tregua, se había cobrado 30.000 vidas y forzado la huida de 800.000 personas.

La autoproclamada en 1991 República de Artsaj, un pseudoestado que ni siquiera reconoce Armenia, estaba integrada por Nagorno Karabaj y los territorios azerís perdidos en esa guerra, que suponen el 14% de la extensión de Azerbaiyán y que ahora se han recuperado en gran parte, aunque el mapa definitivo aún no se ha trazado. La cesión incluye el corredor de Lachín que une Nagorno Karabaj y Armenia, pero la carretera permanecerá abierta y defendida por tropas rusas.

Durante tres décadas, las autoridades azerís apoyaron el plan de la Organización para la Cooperación y la Seguridad en Europa (OSCE), que preveía la devolución del territorio conquistado como paso previo a una solución definitiva. Por el contrario, el primer presidente de Armenia, Levon Ter-Petrosián, fue obligado a renunciar en 1998 por expresar su respaldo al plan con el que esperaba beneficiar a su país de la riqueza petrolera de Azerbaiyán, con los derechos de un oleoducto que atravesara Armenia. Hasta este lunes, ningún dirigente armenio aceptó ceder territorio. “Es increíblemente doloroso”, reconoció Pashinián tras estampar su firma. La oposición pide su dimisión y miles de armenios protestaron y asaltaron el Parlamento.

La caótica situación geopolítica global y del Cáucaso en particular, por donde transitan vastos flujos energéticos y se enfrentan los intereses de las grandes potencias y de las regionales, como Turquía e Irán, impulsó la ofensiva azerí, para la que sus dirigentes se preparaban desde hace años adiestrando y dotando a su Ejército de armamento moderno comprado en Turquía, Israel y Rusia. El país ha experimentado un fuerte crecimiento económico propulsado por sus enormes yacimientos de gas y petróleo.

El presidente Ilham Alíyev, que se dirigió a sus ciudadanos nada más firmar el pacto para anunciarles la victoria, estaba cansado de los continuos choques transfronterizos y del bloqueo de las negociaciones, y aguardó a un entorno favorable para desatar la guerra. A nivel internacional, la ocasión se presentó con el mundo inmerso en la pandemia y EEUU en su proceso electoral. A nivel interno, la muerte en julio del general Polad Hashimov por tropas armenias en una escaramuza aglutinó a la opinión pública. Además, Turquía, empeñada en hacer valer su liderazgo, ofreció de inmediato apoyo directo a Azerbaiyán. Le suministró de drones, misiles y artillería, envió consejeros militares a Bakú y desplegó mercenarios sirios.

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Al parecer, el acuerdo de paz será vigilado no solo por 2.000 soldados rusos sino también por turcos, aunque no se conocen los detalles. Una fuerza de paz turca sería un importante reconocimiento del peso de Ankara en la zona.

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El texto, que aún no se ha publicado, dispone también que en Armenia se construirá una carretera que permitirá conectar Azerbaiyán con Najicheván, el enclave azerí en territorio armenio, otro de los entuertos de la descomposición soviética.

Pashinián ganó las elecciones con un programa reformista interesado en sacar a Armenia de la esfera rusa y acercarla a la Unión Europea. Por el contrario, ha reforzado el liderazgo ruso en todo el Cáucaso Sur.