24 nov 2020

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ANÁLISIS

El presidente del Gobierno, el socialista Pedro Sánchez, junto a su vicepresidente segundo y líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el Congreso, el pasado 22 de octubre. 

JOSÉ LUIS ROCA

Sánchez y su 'deus ex machina'

Luis Mauri

La emergencia está permitiendo al Gobierno salir de algo muy parecido a un callejón sin salida narrativo, justo cuando el anuncio de la vacuna del covid-19 empieza a inocular optimismo

Dos detalles coronan el veloz giro argumental de la política española. Son detalles, pero no son nimios. El momento les confiere un destello, una significación trascendente.

Primer detalle: Felipe VI y Pablo Iglesias, a quien cierta derecha todavía no ha comparado con el comisario Beriaviajan juntos y en respetuosa armonía institucional a Bolivia para asistir a la toma de posesión del presidente Luis Arce. El Gobierno de coalición está aprendiendo a gestionar su fragilidad y a distinguir entre lo que resulta imprescindible y aquello otro que solo es importante.

Segundo detalle: Bruselas bendice el plan del Gobierno contra la desinformación tóxica. Seguramente hubo torpeza o precipitación en el anuncio del programa, pero este no emerge de una  pesadilla orwelliana. Tampoco lleva el sello imperativo húngaro, pese a las denuncias del PP, Ciudadanos y Vox. El plan, como ha avalado la UE, responde a un encargo de Bruselas para levantar un escudo contra campañas exteriores de desinformación y desestabilización como la rusa con el brexit.

Poder y debilidad

Mientras persiste en su azote sanitario, económico y social, la pandemia está transformando de manera significativa el marco político español. La oposición pareció dar por hecho que el covid-19 se llevaría por delante a la coalición gubernamental. No era un cálculo gratuito, visto el poder devastador del virus y la debilidad parlamentaria del Ejecutivo. ¿Qué pasó, entonces?

En febrero pasado, el recién nacido Gobierno de Sánchez e Iglesias encaraba dos desafíos principales. Tres, si se cuenta el de rodar la coalición sin reventarla. Los dos primeros, además, se enmarañaban entre sí: componer una mayoría parlamentaria para sacar adelante los Presupuestos y devolver el conflicto catalán al perímetro de la legalidad.

Ciudadanos formaba todavía un bloque compacto de oposición con el PP y Vox. Sánchez necesitaba el apoyo de ERC para las cuentas. Pero difícilmente lo lograría antes de las elecciones catalanas y siempre y cuando una victoria suficiente liberase a ERC de la eterna competición de pureza de sangre con Carles Puigdemont. Sánchez planeaba una reforma legal para aligerar las penas de los independentistas condenados por sedición. Pero esto tampoco podía ser antes de las catalanas. Hundida la coalición JxCat-ERC, los presos eran el único nexo real del campo independentista, entregado ya a una guerra intestina que en los meses siguientes aún se multiplicaría en numerosos frentes internos.  

Inoculación de optimismo

En eso, el virus se adueñó del país. Tragedia sanitaria y catástrofe económica. La derecha española creyó que a Sánchez le había llegado su hora. También la catalana. Parecía una apuesta ganadora, pero no fue así. La emergencia redujo las zonas de fricción de la coalición gubernamental. La ciudadanía rechazaba la bronca política en unas horas tan graves. Salvador Illa, ministro de Sanidad, percibió este dato y lo aplicó a rajatabla en sus intervenciones. Y la concertación entre los sindicatos y la patronal, favorecida por la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, y el colosal plan europeo de reconstrucción acabaron de cerrar la ventana de oportunidad que Pablo Casado había visto abierta.

Ciudadanos accedió a negociar los Presupuestos en busca de una parte del protagonismo perdido. También ERC, ahora ayudada por la fractura del campo posconvergente. Como el deus ex machina, la emergencia está permitiendo a Sánchez salir de algo muy parecido a un callejón sin salida narrativo, justo cuando el anuncio de la vacuna empieza a inocular optimismo.