29 nov 2020

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DESDE L'HOSPITALET

Sillas y mesas recogidas, el pasado 20 de octubre.

EUROPA PRESS / DAVID ZORRAKINO

Bares, qué lugares

Montse Santolino

Grandes y pequeños, mejores y peores, todos están ahora cerrados y eso son miles de familias sin ingresos

Nos han cerrado los bares y la ciudad parece otra. Sin terrazas las aceras parecen anchas. Y si le añades que con el virus ha llegado por fin un carril bici por toda la ciudad, es como si estrenáramos las calles: de repente una ciudad paseable y más espacio para la ciudad más densa de Europa. Pero nos matan las contradicciones porque necesitamos ese espacio, pero nos faltan los bares. Los echamos de menos como muchas veces antes los echábamos de más. En una ciudad sin suficientes parques ni equipamientos, los bares han sido extensiones de nuestras casas, nuestras oficinas y nuestros centros cívicos.   

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Tenemos, o teníamos, hasta que empezó la pandemia, 1.200 bares. Nada habla más de nosotros, de nuestra economía real, que nuestros bares de tapas y menús. Son la mayoría y casi todos negocios familiares. En el manual del emprendedor de clase obrera, siempre los bares y los taxis como primera opción. Un 30% vuelven a ser de migrantes. Nada más parecido a los bares de las familias gallegas y andaluzas que los bares de las familias chinas. Con los niños haciendo los deberes en la mesa más cercana a la barra. Los restaurantes "selectos" siempre han sido menos y siempre han estado en la zona noble, el barrio del Centre, y últimamente alrededor de la Ciutat de la Justícia, al calor de sus miles de funcionarios y abogados. Pero grandes y pequeños, mejores y peores, todos están ahora cerrados y eso son miles de familias sin ingresos: solo una pequeñísima parte estaban preparados para el 'take away' y el 'delivery'.

Echamos mucho de menos los bares de confianza donde puedes dejar unas llaves para que alguien pase a recogerlas. Donde los camareros saben qué desayunan los abuelitos para los cuales ese es su único lujo. Los que reúnen a los vecinos de siempre y a los recién llegados, y construyen barrio y comunidad. Aquellos donde podías pararte a cualquier hora a tomar un cortado y a leer este periódico en versión papel. Empezar a leerlo por la contraportada con el ruido de fondo de una televisión en la que nadie hablaba de curvas de contagio, y olvidarte de la hora. Eso era desconectar.