Análisis

El hombre-pueblo deja un legado

Trump tendrá una capacidad de influencia en Estados Unidos que hasta ahora no ha tenido ningún otro candidato a presidente derrotado

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Donald Trump.

Donald Trump. / AFP / MANDEL NGAN

La última aportación de Donald Trump a la distorsión de las convenciones políticas es su empeño en no aceptar la victoria de Joe Biden y buscar cobijo en los tribunales para lograr del veredicto de los jueces lo que las urnas le han negado. Aunque tal operación no alcance el objetivo principal de lograr la reelección –la suerte está echada–, es más que verosímil que le sirva al presidente para acercarse a otras metas con efectos y repercusión imprevisibles, en especial en cuanto atañe a la consolidación de la figura del hombre-pueblo, caracterizada por el sociólogo Pierre Rosanvallon en 'El siglo populista', al arraigo del líder que, como hizo en la campaña del 2016, proclama sin asomo de duda: “Yo soy vuestra voz”.

El electorado que ha entregado a Trump 71 millones de votos se ajusta mucho al análisis de Tom Nichols en The Atlantic: “América es ahora un país diferente. Cerca de la mitad de los votantes han visto a Trump en todo su esplendor –sus diatribas infantiles, sus desastrosas y letales políticas, su desprecio por la democracia en todas sus formas– y decidieron que quieren más de eso”. Detrás del arquetipo del hombre-pueblo alienta la idea de que tal figura es aquella insustituible que nunca se rinde por más razones de las que se armen sus adversarios. Las caravanas de fieles de Trump que niegan su derrota comparten el convencimiento de que, efectivamente, está siendo víctima de una gran conspiración.

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De ahí la sensación permanente de que la cuantiosa cosecha de sufragios de los dos candidatos no ha hecho más que ahondar la división, la fractura de una sociedad en dos mitades numéricamente muy parejas, harta cada mitad de tener que convivir con la otra. Por una vez, una alta tasa de participación responde a dos razones contrapuestas: el compromiso cívico de muchos con la democracia y el temor cerval de otros muchos a la victoria del contrincante, como si tal cosa se asemejara al cumplimiento de una distopía o de una pesadilla. Ni siquiera la victoria de John Kennedy en 1960 (112.827 votos más que Richard Nixon) ni de George Bush en el 2000 (537 votos más que Al Gore en el estado de Florida) dejaron tal estela de enconamiento.

Esta es la herencia que dejará Trump más otra consolidación muy probable: la del mártir vencido en defensa de un fin superior. Lo adelantó el analista Benjamin R. Tietelbaum antes del 3 de noviembre al subrayar el vínculo entre el populismo ultraconservador del presidente y movimientos espirituales tradicionalistas que “exaltan lo que consideran valores atemporales” y los anteponen a los de la democracia. Y para este tradicionalismo retardatario, muy presente en diferentes iglesias evangélicas, el resultado obtenido por Trump, enorme, pero insuficiente para ganar, tiene mucho de prueba extrema y nada de pataleta. Lo que es tanto como decir que el interesado dejará la Casa Blanca sin que sufra gran mella su condición de líder de su propia causa, con una capacidad de influencia en Estados Unidos que hasta ahora no ha tenido ningún otro candidato a presidente derrotado.