24 nov 2020

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Un fenómeno que desafía la razón

Los partidarios del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, frente al restaurante cubano Versailles en Miami, Florida.

EVA MARIE UZCATEGUI/AFP

EEUU no es Nueva York. Ni Kentucky

Joan Cañete Bayle

Es urgente analizar el fenómeno Trump sin orejeras ideológicas para comprenderlo

Se ha convertido en un lugar común cuando se habla de EEUU: visto desde el prisma de una superioridad moral sin fundamento, desde Europa no se entiende, no se pilla, nada de lo que sucede en aquel país. Es por este motivo que el impresionante y preocupante resultado de Donald Trump (que lo es, tanto lo uno como lo otro) nos ha pillado por sorpresa en el viejo continente, donde durante semanas hemos desayunado con noticias de su pésima gestión de la pandemia y nos hemos acostado mecidos por la dulce nana de que los cuatro años de trumpismo eran ya historia, que algo por fin iba a salir bien en este 2020.

Nada de ello ha sucedido, así que ahora toca recurrir al cliché: que en la vieja Europa de la superioridad moral no nos enteramos de nada de lo que sucede en EEUU, que los periodistas no tienen ni idea de cómo leer la realidad estadounidense, que parece mentira que no sepamos que EEUU no es Nueva York.

Los resultados del presidente nos han vuelto a coger por sorpresa en Europa

Cierto. De la misma forma que EEUU tampoco es tan solo Kentucky o Wyoming. A veces parece que los encuestadores estadounidenses también sean ineptos europeos que no entienden su propio país, ¿cómo si no se puede explicar su pertinaz fracaso a la hora de detectar la fuerza del trumpismo? De hecho, a veces se diría que ni los propios estadounidenses entienden su país: voto popular en mano, está casi perfectamente dividido en dos, con una ligera ventaja, como suele suceder en las elecciones presidenciales, para el candidato demócrata. Ni el mismísimo Trump conoce a su base, pues, como se ha escrito en varios libros, el primer sorprendido de su victoria en el 2016 fue él mismo. Bueno, y su sollozante esposa.

Se debe ofrecer a la opinión pública retratos complejos y matizados de la realidad

El miércoles temprano por la mañana, con el escrutinio en marcha, en Catalunya Ràdio un grupo de excorresponsales en Washington DC coincidíamos en que no sabíamos quién iba a ganar las elecciones, pero que había un par de cosas que no nos sorprendían: que Joe Biden no hubiera arrasado y que tantísima gente haya votado a Trump. De hecho, las crónicas de los corresponsales en Washington nos lo llevan explicando desde hace tiempo: que en las áreas rurales el discurso nacionalista y populista de Trump tiene un amplio eco; que aquellos que se sienten abandonados por un mundo que no entienden lo siguen con fervor religioso; que el viejo Partido Republicano ha vendido su alma al diablo; que la fibra de la democracia en el país de los 'check and balance' se ha deshilachado sin fuentes de autoridad reconocidas y reconocibles; que Trump entiende mejor que nadie las reglas del caos y el voto del resentimiento; que las filas de los que quieren apearse del mundo crece cada día, y están muy enfadados; que el siglo XXI nació en las ruinas de las Torres Gemelas preñado de miedo a un choque de civilizaciones, pero que en realidad es la guerra cultural, la de identidades, la que marca el espíritu de la época: el nosotros, frente al ellos; que Biden era un candidato más que imperfecto; y que en EEUU se habla de lo que quiere Trump, y que esa es una gran definición del poder.

En la vieja Europa se sabe perfectamente que en EEUU se forja desde hace tiempo un movimiento nacionalista extremo, supremacista, nativista, ultraliberal, conspiranoico y negacionista liderado por la reencarnación de Nerón. Un movimiento más reforzado tras las elecciones. Resida o no en la Casa Blanca.

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No son los europeos, en general, ni sus periodistas, los ciegos con EEUU. Es un determinado discurso -muy poderoso en la esfera política y mediática, eso sí- que decidió hace tiempo, en contra de toda evidencia, que el Partido Demócrata era como la socialdemocracia europea y el Republicano, como los conservadores. El mismo discurso que no daba crédito a las crónicas que desde Londres alertaban de que la UE no es sexi para muchos europeos, por motivos que van más allá de la caricatura de Nigel Farage. Un discurso que trata a la opinión pública como un adolescente al que hay que contar historias de buenos y malos, de blancos y negros, y no retratos complejos y matizados que no encajan con una determinada visión del mundo. Un discurso que nutre a tertulianos, todólogos, estrellas mediáticas que no han visto a un 'redneck' en su vida y 'talking points' de políticos. Un discurso que no es naíf, sino cínico, y nada inocente. Un discurso que el lunes apostaba por un tsunami Biden y que el miércoles denunciaba que EEUU no es solo Nueva York.

El martes, los negros votaron a Trump como hacía tiempo que no hacían con un candidato republicano. Los latinos fueron clave en su victoria en Florida. Hay ingredientes del fenómeno Trump que desafían a la razón. Es urgente analizarlo sin orejeras ideológicas para intentar entenderlo.