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Proximidades de la Puerta del Sol, donde se han producido los altercados nocturnos.

Proximidades de la Puerta del Sol, donde se han producido los altercados nocturnos. / EFE / RODRIGO JIMÉNEZ

Nada justifica los disturbios que durante dos noches consecutivas han causado desperfectos en Barcelona, Madrid, Bilbao, Burgos y otras ciudades. No es un fenómeno exclusivo de España, países como Italia también han registrado altercados en las calles. El pasado fin de semana, grupos violentos, con un trasfondo ultra, se enfrentaron a las fuerzas de seguridad y destrozaron mobiliario urbano con consignas contra el toque de queda, el confinamiento perimetral, los cierres de bares y restaurantes y el resto de restricciones aprobadas por el Gobierno con el objetivo de frenar los contagios de coronavirus. Pero el ánimo que en realidad mueve a estos colectivos -donde según fuentes policiales hay infiltrados grupos de extrema derecha y de izquierda- es únicamente el de la violencia.

Así que sería equivocado considerar esta reacción radical como reflejo del cansancio o la insatisfacción  que la población puede sentir ante la gestión política de la pandemia, como desde la extrema derecha se pretende argumentar. La minoría violenta no representa en ningún caso a la mayoría de ciudadanos que están cumpliendo los requerimientos de las autoridades para contener el virus. Y que, ante el lógico descontento, ejercen el derecho legítimo de protesta de forma pacífica, como ha podido verse en manifestaciones anteriores de los profesionales de la restauración, la cultura o la sanidad, entre otros.

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La única respuesta que merece la violencia es su condena, y evitar a toda costa que empañe el clima social y político. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, los atribuyó a «grupos minoritarios» y apeló a la responsabilidad y a la unidad. Lamentablemente, no fue eso lo que se atisbó en las inmediatas horas posteriores a los disturbios. Como prácticamente cualquier asunto relacionado con la pandemia, dieron pie a una nueva bronca política entre partidos, que se atribuyeron mutuamente la responsabilidad de los altercados. Vox fue más lejos, al llegar a incluso a justificarlos, un terreno fangoso en el que ninguna otra formación entró. Las discrepancias políticas, sin embargo, volvieron a dar una imagen de desunión desalentadora. Al mismo tiempo que se pide a los ciudadanos múltiples esfuerzos para contener la curva de contagios, la clase política se enzarza en discusiones estériles. El grave momento exige responsabilidad por parte de todos. Y no tener que ver cómo el camino se llena de piedras por oportunismo político.