30 nov 2020

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LIBERTAD CONDICIONAL

Eco, Narciso y la pandemia

Eco, Narciso y la pandemia

Lucía Etxebarria

Decía Winston Churchill que el precio de la grandeza es la responsabilidad.

Eco era una ninfa charlatana que entretenía a Hera con su cháchara.  Y así, Hera no se enteraba de que Zeus iba teniendo líos con la mayoría de las ninfas del Olimpo. Cuando Hera se enteró, y se enteró de paso de que Zeus también cortejaba a Eco, castigó a Eco quitándole la voz y obligándola a repetir la última palabra que decía la persona con la que mantuviera la conversación. Avergonzada, Eco se escondió en un bosque.

Narciso era hijo de la ninfa del agua Liríope y del dios-río Céfiso. Liríope consultó a Tiresias sobre el futuro de su hijo. El adivino le dijo que el niño moriría si podía ver su propio reflejo. Liríope eliminó todos los espejos del lugar.

En el bosque, Narciso se encontró con Eco. Él la encontró muy bella, pero aburrida. Eco buscó la ayuda de los animales del bosque, para que le comunicaran a Narciso el amor que sentía, ya que ella no podía expresarlo. Narciso se rió de ella. Eco volvió al fondo de su escondite, y de pura vergüenza, se hizo una con la cueva. 

Némesis, la que arruina a los soberbios, maldijo a Narciso. Narciso fue a beber en un riachuelo, se enamoró de su propio reflejo, y se inclinó para besarse a sí mismo. Se cayó y se ahogó. Del agua surgió una flor acuática: el narciso.

Una relación narcisista-ecoica es la relación entre una persona obsesionada consigo misma y otra persona dependiente emocional. La dependiente no hace sino repetir obsesivamente lo que el otro dice, y se desespera por conseguir un amor que nunca va a obtener.

Esta relación creo que es la que empezamos a ver entre políticos y votantes. Votantes-borrego, sectarios, que defienden a su partido como si se tratara de los colores de un equipo de fútbol. A muerte, pase lo que pase. Y políticos narcisistas, de ego hipertrofiado, que solo piensan en lo que pueden conseguir para sí mismos, no para la comunidad que les votó y que les mantiene.

Imagine que su comunidad necesita un ascensor urgentemente, pero los vecinos se han dividido entre los liderados por Martínez, del 6A, que quiere que el ascensor lo instale la empresa de su primo, frente a los liderados por Estapé, del 4B, que opina que debe instalarlo la de su cuñado. Meses y meses de peleas entre la facción 6A contra la 4B. La guerra sucia se desata: anónimos en los buzones, notas amenazantes en el ascensor, denuncias a Hacienda sobre el propietario que realquila habitaciones, una caca humana que aparece en el rellano del 4B, huevos podridos caen a la terraza del 6A... Los alquilados se marchan, algunas propietarias se plantean vender… Pasa un año y la comunidad sigue sin ascensor, pero el edificio tiene pisos vacíos, corre el rumor de que hay fantasmas e incluso ha venido una santera para purificarlo.

Una presidenta autonómica que construye un megahospital de 50 millones y no sabe de dónde saldrán los médicos para trabajar en el mismo, otra que estaba a las dos de la mañana en la acera de la calle atendiendo a un amigo presuntamente borracho en pleno toque de queda, políticos que echan ahora la culpa al pueblo de la propagación del covid por sus erráticas costumbres, cuando nos hemos limitado a hacer lo que ellos mismos nos permitían… 

En fin, decía Winston Churchill que el precio de la grandeza es la responsabilidad. Pero la grandeza de nuestra clase política solo la ven ellos mismos: en su propio reflejo.
 

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