La importancia de la solidaridad para contruir el futuro

La estupidez del odio

El crimen se erradica atacando sus causas, y nunca eliminando sin más a los culpables porque si las causas persisten, seguirán surgiendo criminales

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Macron, durante el funeral de estado por el asesinato del profesor Samuel Paty

Macron, durante el funeral de estado por el asesinato del profesor Samuel Paty / FRANCOIS MORI / AFP

Las redes sociales, Twitter especialmente, son el nuevo fútbol. Antes la gente con ganas de insultar o vivir un baño de masas y emociones, se iba a la grada de un estadio. Insultaba impunemente a árbitro y a jugadores y se solazaba entre los seguidores de su mismo equipo. En las redes sociales se crea un ambiente similar. Se descarga odio hasta la náusea y se intenta ofender todo lo que se puede. O se trata de buscar afectos entre los que piensan igual que uno. Hay poco debate y autocrítica, que sería lo más positivo.

Para atreverse a decir algo provocativo y meterse en esa jungla, más que valor, es necesario que los insultos no le inquieten a uno, que es lo lógico si uno piensa que al insulto se lo lleva el viento, como a tantas otras cosas. No es más que un salivazo sin argumentos, como cualquier salivazo. Lo propina quien carece de razones y solo siente una emoción: el odio, que es algo muy cercano al miedo, por cierto. Comprenderán que con estas premisas, la red social no me inquieta y como jurista me aporta datos muy útiles de psicología social sobre todo, al margen de otras informaciones.

A nadie debería importarle que le insulten, ni a él ni a su ideología o creencias, porque es pura libertad de expresión de quien siente algo pero es incapaz de razonarlo. En la red casi siempre me expreso para contribuir a la reflexión, que es justamente lo que más puede propiciar una red social usada debidamente. En ocasiones doy mensajes disruptivos precisamente por eso, de manera que quien no está de acuerdo se pare a intentar motivar lo que piensa, con la esperanza de que si encuentra que sus argumentos no existen en realidad, cambie de opinión, lo que también puede pasarme –y me pasa– a mí. Funciona bastante más de lo que parece, pero esa estrategia es inútil si los lectores se indignan tanto que se anclan en el odio y la descalificación.

Justamente eso sucedió el otro día. Me advirtieron de un tuit interesante. Se veía a Macron en el funeral de Estado al lado del féretro de mi compañero profesor horriblemente decapitado por un muchacho de 18 años por enseñar caricaturas de Mahoma en clase. Pueden imaginar y comprender el glacial escalofrío que sentí como docente cuando conocí la noticia del atentado. Pues bien, el tuit en cuestión decía que al lado de ese ataúd faltaba el del asesino, que fue abatido por la policía. Mi primera reacción al tuit fue muy adversa, pero me puse a pensar al ver la retahíla de insultos que recibía la autora del tuit. 

Finalmente me di cuenta de lo que quería expresar. Era una auténtica norma jurídica con una antigüedad tremenda y que nos ha hecho evolucionar como sociedad. Era el “ama a tus enemigos” del Evangelio. Era no mirar solo a las víctimas, sino profundizar en las causas del delito para prevenirlo. El crimen se erradica atacando sus causas, y nunca eliminando sin más a los culpables porque si las causas persisten, seguirán surgiendo criminales, como saben la mayoría de penalistas actualmente. Es decir, el tuit suscitaba una reflexión extraordinariamente profunda que no podía quedar cubierta con la inmundicia de los centenares de insultos, y me dispuse a explicarlo. 

Entonces los insultos me cayeron a mí, como era esperable, con argumentos del habitual nivel “que le hagan eso a un familiar tuyo”, “¿homenajearías o Hitler?” o “parece mentira que seas catedrático”. Es decir, sin argumentos. Pero decidí borrar mi tuit al recibir mensajes de dolor. El dolor es siempre innecesario; anula el razonamiento y la personalidad, que es lo que busca cualquier torturador. Por ello opté por explicar mi postura en un texto más extenso, como este.

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No hace falta ser creyente para entender el discurso de la otra mejilla y el perdón, a mi juicio el más potente y acertado del cristianismo, por desgracia no siempre respetado ni por su Iglesia ni por sus fieles. Para captar ese discurso es necesaria una profundidad que, lo digo con mucho pesar, escasea. Consiste en entender que nuestro único futuro se basa en la solidaridad y la cooperación. Debería ser ya evidente con una pandemia como esta. 

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Esa solidaridad no es posible si se persiste en la venganza infinita, en el odio. Solo el afecto genera afecto, y no el odio. No es buenismo, sino la realidad de nuestra evolución social de los últimos siglos. Repasen esa historia y verán que ahora somos mejores solo porque cooperamos y compartimos más. La clave no es la guerra ni el odio, sino la paz y el afecto.

No son palabras hueras. Son nuestra única oportunidad para un posible futuro.