Atentado en Niza

Separatismo islámico

Hacer frente al terrorismo como ha prometido Macron es más necesario que nunca, el error sería hacerlo únicamente persiguiendo a los radicales y cerrando mezquitas

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Agentes de policía a la entrada de la basílica de Notre Dame de Niza, donde se ha producido el ataque con cuchillo.

Agentes de policía a la entrada de la basílica de Notre Dame de Niza, donde se ha producido el ataque con cuchillo. / EFE / SEBASTIEN NOGIER

El terrorismo es un virus que muta, cuando se cree haber erradicado renace mejor adaptado a su entorno. Donde antes actuaban células organizadas ahora son fanáticos solitarios. La matanza de Niza que llega después del asesinato del profesor Samuel Paty habla de un estado de guerra no declarado contra el país europeo que tiene mayor proporción de población musulmana en Europa. No es un signo de debilidad que ahora actúen individuos solitarios donde antes lo hacían células. Es la evidencia de que Francia es el lugar idóneo donde la batalla por el islam más intolerante puede arrancar adeptos.

Podemos analizar el terrorismo islámico en Francia como un choque de culturas, como un enfrentamiento entre la Republica que defiende la santidad de las libertades, empezando por la de opinión y la crítica, contra quienes hacen de su idea de santidad un ejercicio de intolerancia. Desde los atentados en el semanario crítico 'Charlie Hebdo' en el 2015, el país vecino lleva cinco años en el ojo del huracán de los radicales. Desde entonces ningún otro país ha sido atacado con tanta vehemencia.

Sin embargo no es solo un choque de valores. Francia se ha hartado del miedo y el terror y el presidente Emmanuel Macron lanza la idea de atacar el “separatismo islamista”, y actuar contra quienes quieren crear guetos que niegan las leyes de la República y banalizan la violencia en nombre del islam. Con contundencia amenaza el futuro de organizaciones que actúan en territorio galo en connivencia y financiadas desde fuera; contundente también para las mezquitas desde donde se predica con impunidad radicalizando a sus fieles más jóvenes. En parte todo eso está detrás de los atentados recientes.

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Al margen de una política exterior en donde Francia se ha convertido casi en solitario en el dique capaz de frenar el avance yihadista en África, los actuales ataques terroristas responden más a ese nuevo separatismo islámico. Francia es el hogar de casi seis millones de musulmanes. En buena medida son hijos de diferentes oleadas de migrantes que llegaron en el pasado principalmente de las antiguas colonias en el Magreb. Segundas y terceras generaciones que no consiguen salir de los barrios periféricos de las grandes ciudades y que tienen muchas menos oportunidades de empleo. Sobre ellos cae un estigma real y racismo.

Así mientras la confrontación de culturas apenas tiene espacio para la esperanza en un país de profunda tradición de libertades, el peligro es la facilidad con la que se puede reclutar adeptos para las causas radicales del islam. Solo es cuestión de aumentar con cada atentado la islamofobia para que cada vez haya mas “separatistas”. Hacer frente a este fenómeno creciente como ha prometido el presidente es más necesario que nunca, el error sería hacerlo únicamente persiguiendo a los radicales y cerrando mezquitas. El esfuerzo para evitar los peligros de este gueto separatista tiene que pasar al mismo tiempo por generar la sensación de que son ciudadanos, quienes hoy se sienten completamente excluidos.