30 nov 2020

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análisis

Los jugadores del Barça se abrazan tras el primer gol azulgrana.

Pedri como legado

Albert Guasch

Especulaba ayer el entorno próximo de Josep Maria Bartomeu que si a lo largo de su mandato se hubiera expresado más a menudo como lo hizo en su discurso final, quizá las cosas le habrían ido de otra forma. Si se hubiera relacionado con el vestuario, con el entorno o con la propia junta, con la misma firmeza y agresividad que adoptó ante la Generalitat, o antes ante Leo Messi, la percepción pública de su gestión habría sido otra.

Es un wishful thinking en las horas amargas del día después. Para todo ello habría hecho falta el liderazgo y estructura de carácter que a menudo ha carecido. Es sabido que no se puede complacer todo el rato a todo el mundo, como pareció proponerse Bartomeu, e intentando no crearse enemigos, se granjeó un montón. «Pido que me juzguen por los enemigos que he hecho», dejó dicho un histórico presidente de Estados Unidos.

Los suyos, los adversarios de Bartomeu, forman una legión, e incluyen aquellos que levantaron las obras más suntuosas de la historia del club. La presidencia del FC Barcelona no es lugar para encontrar empatía, ni para aspirar al beneficio de la duda, y menos si el punto de partida es una acción de responsabilidad a la antigua junta y un distanciamiento respecto a los que proporcionaron los mejores años de las vidas culés.

No se trata aquí de reincidir en un balance de las equivocaciones de su mandato. Más que escritas y narradas están. Pero no hay errores que pesen tanto en el juicio del socio como aquellos que se ven en el terreno de juego. El 2-8 ante el Bayern, por ejemplo, ha penalizado más al expresidente que a los propios jugadores, que caminaban de forma lánguida mientras Coutinho, en el otro bando, inflaba sin esfuerzo ni oposición el sonrojante marcador. 

Una fortuna

Pero no puede decirse que sea una situación injusta. No puede serlo cuando en seis años de mandato se han gastado unos 1.200 millones en fichajes y los resultados no han guardado ninguna proporción. Anoche en Turín Ronald Koeman alineó de salida a dos de las tres contrataciones que más sentimientos de arrepentimiento habrán generado en el barcelonismo. Y no digamos entre los tesoreros. Griezmann Dembélé, unidos al lesionado Coutinho, han costado juntos el precio de dos temporadas de pandemia. 

Al menos el extremo de la musculatura frágil justificó ayer en Turín por un día el potencial que se le intuye. Solo eso: intuye. Excita y desespera sobremanera. Todo a la vez. Pero al menos despierta sensaciones. Griezmann, en cambio, ni eso. Otra noche plana e insatisfactoria en el haber del punta francés. O lo que sea. Algunos le vieron una mejora, quizá porque se le ha puesto ya un listón muy bajo, y con poco basta.  

Como le ha pasado al presidente que le fichó contra corriente, demasiados aficionados han perdido toda esperanza, y le harían una moción de censura, con o sin el visto bueno del Procicat. Todo lo opuesto que a Pedri, puede que con el tiempo el fichaje bandera de Bartomeu. Curiosamente el más económico. Un chico importante en un proyecto, el de Koeman, que se desfogó ayer y creció a la par que se hundió el proyecto presidencial. Y es que siempre premia actuar y jugar con carácter.