30 nov 2020

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Donald  Trump gesticula durante el debate con Biden.

AP

Una bomba en espera del percutor

Ramón Lobo

No sabemos qué hará peligrar más la de democracia en EEUU, que Donald Trump gane las elecciones o que las pierda. De la noche del 3 de noviembre (madrugada del 4 en España) no saldrá un ganador oficial, sino un barullo de acusaciones de fraude que abrirá un periodo de inestabilidad que durará hasta el 20 de enero, fecha en la que decae el mandato presidencial, según indica la Constitución.

Trump no va a conceder la victoria. Forzará los límites legales e ilegales paramantenerse en la Casa Blanca, incluido el uso de milicias supremacistas armadas. Solo hay una esperanza: que la victoria de Joe Biden sea rotunda y que los demócratas conquisten las dos cámaras. Un derrota apabullante dejaría solo al presidente. No le serviría ni su Tribunal Supremo. Las encuestas no garantizan esta opción.

El debate del jueves reforzó la idea de que estamos ante un referéndum sobre la personalidad deTrump y su manera divisiva de gobernar. El mejor golpe de Joe Biden fue presentarse como un candidato de unidad, una persona que gobernará para todos los estadounidenses. Trump tuvo sus mejores minutos al presentar a su rival como un político profesional, alguien que lleva toda la vida en Washington sin haber hecho nada por su país.

Elección indirecta

La ventaja nacional de Biden (7,9) había bajado un punto y medio antes del debate. Pero no se fijen demasiado en este dato porque las elecciones se ganarán en 14 Estados indecisos. Los 36 restantes votan lo mismo desde el año 2000. De nada sirve vencer por tres millones de votos nacionales si se pierden los Estados clave por un puñado de votos. La elección presidencial es indirecta: se eligen compromisarios del Colegio Electoral. Para ser presidente se necesitan 270; es decir, la mitad más uno.

Será difícil que Biden o Trump los alcancen en la noche electoral. La afluencia masiva de voto por correo (que Trump denuncia sin pruebas como fraudulento) y de voto anticipado, que es el que se realiza antes del 3 de noviembre, auguran un escrutinio farragoso. Trump aprovechará este vacío para declararse presidente, tenga o no 270 compromisarios.

En los estados clave, Biden aventaja a Trump en 4,1 puntos. Lo más importante es que está en cabeza en siete que votaron a Trump en 2016. El error consiste en mantener una confianza ciega en la demoscopia sin aceptar que también está desenfocada por la "nueva verdad", lo que la OMS llama infodemic, la pandemia de desinformación y bulos que padecemos.

Estados clave

¿Sirven de algo los debates pensados para la televisión en la era de las redes sociales? ¿Sirven cuando más de 50 millones de estadounidense ya han votado, bien por correo o de manera anticipada? La mayor parte de ese voto es favorable a Biden, de ahí los ataques republicanos. Trump mencionó durante el debate media docena de veces a Pensilvania, uno de los estados clave. Ahí se juega casi todo, además de Florida y Ohio.

El presidente hizo caso a sus asesores y estuvo menos faltón. El primer debate fue desastroso. Le perdió su pésima educación y la escasez de un mensaje. Parecía un matón callejero, no un jefe de Estado. Sin tanta bulla quedó en evidencia su incapacidad de hablar de otra cosa que no sea de él mismo, además de la nula empatía con los 500 niños centroamericanos separados de sus familias en la frontera y que ahora no encuentran para reunificarlos.

Lo que suceda afectará a Europa y al mundo. Será un acicate para las extremas derechas que han crecido como setas desde la crisis de 2008. EEUU acude a votar dividido en medio de una gravísima crisis pandémica, con líder negacionista y acientífico (volvió a prometer una vacuna antes de 2021 y negó que el invierno vaya a ser duro). Ha aflorado el odio y se mantiene el racismo estructural.

Aprendimos en el segmento de política internacional que para el presidente, Crimea es solo un puerto de submarinos. Trump robó gran parte del debate con sus reiteradas réplicas. Debe ser un trabajo terrible ejercer de moderador en un debate en el que uno de los participantes no se rige por el respeto a la verdad y que maneja a la perfección el tempo televisivo.

Biden no cometió errores. No necesitaba arriesgar; tiene ventaja en los sondeos. A Trump le pasó como a Pablo Casado en la moción de censura de VOX, desplegó su mejor intervención demasiado tarde. Quizá no sirva para cambiar la tendencia y convencer a los indecisos. El martes 3 de noviembre no se votan políticas, ni se vota desde la ilusión de un cambio. Se vota en favor y en contra Trump, una guerra en la que Biden es solo el convidado de piedra.