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Al calor del fin del mundo

La última temporada de 'American Horror Story' es un regalo para los fans más acérrimos, una retahíla de guiños y viajes al pasado, en los que el espectador fiel podrá jugar a perderse

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Una imagen de ’American horror story: 1984’.

Una imagen de ’American horror story: 1984’.

Una de las razones por las que me atraía especialmente 'American Horror Story' era la promesa de que cada temporada contaba la historia de un universo distinto. El acuerdo tácito de independencia narrativa. Que yo, dueña involuntaria de una memoria tullida y poco colaboradora, no tendría que hacer el esfuerzo titánico de intentar recordar ningún tipo de información clave para descifrar la trama, que no tendría que trasladar lo vivido en un universo a otro completamente distinto... a años de distancia. 

Saltaba, de una temporada a otra, reconociendo las caras y las voces de un elenco fijo que se repetía en el reto de dar vida a personajes completamente distintos. Me acurrucaba en el sofá dispuesta a pasar miedo y sin embargo me embarcaba en la aventura narrativa tranquila, confiada, sabiendo que no tendría que almacenar nada de lo sucedido para la siguiente temporada, y que mi incapacidad para resucitar la historia de la anterior no iba a impedir que me sumergiera en la que estaba a punto de comenzar. Mismos actores, sí, pero distintos mundos, todos sorprendentes, alienantes, terroríficos y llenos de matices, pero absolutamente independientes, distantes los unos de los otros. Y yo, espectadora inocente, me dejaba llevar por la pista de baile de Ryan Murphyy Brad Falchuk, creadores de la serie, dispuesta a ser sorprendida con cada giro de guion. Eso era para mí 'American Horror Story'. 

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La última temporada de 'American Horror Story' es, sin embargo, un regalo para los fans más acérrimos. Una retahíla de guiños y viajes al pasado, en los que el espectador fiel (aquel que haya visto todas las temporadas anteriores, y sea capaz de recordarlas) podrá jugar a perderse, dejándose llevar por el ambicioso entramado narrativo que atenta recoger todos los cabos sueltos que hayan podido quedarse por el camino. Como si de una manta de crochet hecha a mano se tratase, la última temporada recoge todos los cuadrados previamente tejidos en una ambiciosa manta sobre el fin del mundo. Y aunque confieso que algún detalle se me ha escapado, pocas cosas calientan más que una historia sobre el fin del mundo bien contada. 

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