21 oct 2020

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Análisis

La Rambla, casi vacía, a mitad de esta semana.

MANU MITRU

Miedo a reformar la Rambla

Eva Arderius

Los gobiernos municipales, de todos los colores, siempre han tenido miedo a cambiarle la cara al paseo

En Barcelona hay muchas ramblas, la del Poblenou, la del Raval, la de Guipúscoa, la de Catalunya, la del Carmel... y ahora mismo en todas se sufre. Todas tienen bares y restaurantes cerrados y negocios con la persiana bajada, pero en ninguna, el coronavirus, ha provocado una devastación como en la Rambla. Las otras han conservado, al menos, el tránsito de los vecinos, pero en la Rambla el silencio es aterrador. Una mujer pasea un perro, un señor en chándal camina en dirección al mar, peatones con cuentagotas y los quiosqueros que miran el paisaje aburridos y con los brazos cruzados como si esperaran alguna cosa, quizás que vuelvan los turistas, que de momento no lo harán. La Rambla no sabe qué hacer sin ellos, porque el paseo ha ejercido más de monumento que de calle y ahora ha quedado como un escenario vacío en el que se le ven más las vergüenzas y los excesos que se han cometido.

Lo que pasa en la Rambla es lo que pasa en Barcelona, lo decía el otro día Fermín Villar, de Amics de la Rambla, y tiene toda la razón. Lo que pasa en Barcelona pasa en la Rambla pero en la Rambla todo se amplifica más, todo se multiplica: la masificación turística, la gentrificación y ahora el vacío, la Rambla se ha convertido en un paisaje desértico. Parece que se espere un milagro. Pero lo que esperan vecinos y comerciantes es la reforma prometida. Esta semana han colgado un contador para visibilizar el retraso que lleva el proyecto, des del 2016 duerme en un cajón. Este contador, que marca más días que personas hay en el paseo, quiere presionar al gobierno municipal, que de momento no se ha atrevido a hacer nada.

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A la Rambla le pasa como a las personas. A veces nos dejamos llevar por la inercia, por el estrés, por el día a día y cuando nos paramos por obligación o porque ya no podemos más nos vienen todas las dudas. Nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí y nos replanteamos las cosas. ¿Qué tiene que ser la Rambla a partir de ahora? ¿Una reforma para convertirla en qué? No es fácil encontrar respuestas.

La Rambla necesita un lavado de cara. Hay que mejorar la iluminación, ordenar el espacio y quitar los elementos urbanísticos que ya no sirven, pero al margen de este mantenimiento necesario que se tendría que hacer por defecto, ahora mismo se hace difícil tocar algo más. Y a todo esto se le suma un miedo atávico. Los gobiernos, de todos los colores, temen reformar la Rambla. Unas obras demasiado superficiales se quedarían siempre cortas y una reforma más profunda podría provocar un desastre en un paseo histórico y atemporal, podría provocar un 'efecto Ecce Homo', aquella restauración fallida de una vecina del pueblo de Borja. Así que de momento se queda como está, en compás de espera y pidiendo a los barceloneses que bajen a la que durante mucho tiempo ha parecido la única calle de Barcelona, pero la única que han esquivado. Será difícil revertir una situación de años y años.

Y mientras, la Rambla está a punto de perder a una de las pocas vecinas que todavía viven ahí. La propiedad la echa del piso de alquiler de toda la vida. Quizá la solución pase, ahora mismo, por decisiones tan valientes pero tan obvias como intentar llenar la Rambla de vecinos o al menos evitar que se sigan marchando.