26 oct 2020

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Dos miradas

El ’conseller’ de Interior, Miquel Sàmper, el 14 de octubre.

DEPARTAMENT D'INTERIOR

Ya me estoy imaginando la situación: vecinos airados que llamarán a los Mossos para decir que en el piso de arriba hay siete

Tenía que llegar, tarde o temprano. Era previsible que pasara y ha pasado. Y mira que hay quienes no han esperado a las órdenes gubernamentales para poner en práctica la antiquísima costumbre de la recriminación pública, para expresar el espíritu del somatén que anida en su corazón. Pero ahora, además, tienen el visto bueno oficial, incluso el ruego para que este afán de colaboración sea efectivo, dinámico y constante. En la rueda de prensa en la que el Govern radicalizó las medidas de contención de la pandemia, se pudieron escuchar sintagmas como "burbuja de convivencia" o "sacrificios de nuestra cotidianidad", pero resonó como un toque de campanas el mensaje del ‘conseller’ de Interior: si alguien se salta las indicaciones, la ciudadanía tiene el permiso y la obligación de denunciarlo.

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Ya me estoy imaginando la situación: vecinos airados que llamarán a los Mossos para decir que en el piso de arriba hay siete o que cenan dos parejas que no son burbuja. No digo que no hagamos caso de las prescripciones. Digo que convocar la alerta espontánea es un mal negocio para la convivencia. Bajo el paraguas de la responsabilidad se esconde el demonio de la delación.