El discurso del sectarismo

De la proliferación de 'extelectuales' en Catalunya

Tenemos un buen ramillete de pseudointelectuales fanatizados y 'fanatizantes' que priorizan la identidad sobre la democracia. Los más renombrados están financiados por el sistema

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De la proliferación de 'extelectuales' en Catalunya

ALEX R. FISCHER

Un intelectual se interesa por la sociedad y la estudia con curiosidad y esfuerzo mental, mediante el uso de la reflexión y la especulación creativa. Así es como lo definen algunos diccionarios. Puede participar de la política, denunciar la injusticia o defender un sistema de valores. Aplica la razón y el pensamiento crítico que generalmente se desprenden de una formación académica. El intelectual ha existido al menos desde la época griega, aunque hoy se le da un significado que se remonta a la Ilustración. Desde entonces se le han aplicado innumerables matices que han conducido el concepto al sentido que le damos.

Un ‘extelectual’ es un pseudointelectual cuyo pensamiento y esfuerzo mental es más limitado, que puede ser creativo pero, sobre todo, que mantiene con su entorno una relación sentimental y emotiva primaria que exporta desde su persona a través de medios de comunicación como la televisión o la prensa. Lo más característico de un 'extelectual' es que suele dejar de lado la razón para sacar de sí mismo las emociones brutas y básicas que alberga, con las que remueve sentimientos; disemina el odio, a sabiendas de que el odio es una de las enfermedades más difíciles de curar. En Catalunya disfrutamos de un buen ramillete de ‘extelectuales’ fanatizados y ‘fanatizantes’ que priorizan la identidad sobre la democracia.

Se caracterizan por exponer ideas apasionadamente, con el fervor de personas que han experimentado una suerte de epifanía divina, que han visto las cosas más complejas con claridad gracias a una revelación incontestable. Su ardor y vehemencia adquieren una fuerza que generalmente los distingue de la reflexión calmada de los intelectuales propiamente dichos. Los ‘extelectuales’ tienden a ser fanáticos; la inmensa mayoría entra en esa categoría, solo falta verlos o leerlos para comprobarlo, aunque a veces controlen su pasión ante una cámara o con la pluma. Los hay como esos fundamentalistas islámicos que nos muestra la televisión, pero también pueden ser fanáticos que no levantan la voz, visten con elegancia y guardan las formas, como otros muchos islamistas radicales, o como los ‘extelectuales’ que proliferan en centros de enseñanza extremistas característicos de ciertos ambientes judíos cada vez más amplios.

Peligrosos para la sociedad

Debido a su sectarismo, son personajes peligrosos para la sociedad, especialmente en momentos de crisis, porque excitan a las masas con argumentos que no surgen de la reflexión sino de las tripas, provocando una identificación primaria con el lector o el televidente. Pueden jugar con la razón, pero cuando esto ocurre obran como trileros que persiguen al transeúnte para que se adentre en su territorio, engañado por su habilidad natural. Su objetivo declarado es remover las entrañas de los incautos y someterlos a una identificación simple y directa con “argumentos” cocinados y aliñados, sobre todo emotivos, que llegan directamente al estómago. En el caso de Catalunya se da la particularidad de que muchos ‘extelectuales’, los más renombrados, están financiados por el sistema. A cambio, simplemente tienen que agitar las masas.

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Si el mundo, con sus altos y bajos, se dirige hacia la unificación, estos ‘extelectuales’ nuestros, como los ‘extelectuales’ islamistas o judíos, han decidido que hay que frenar la tendencia global y trabajan en esa dirección, echando mano a todo lo que favorezca el sectarismo. Son personas que están impulsadas desde lo alto de la política, que es lo que más les influye, por líderes y dirigentes que no toleran los caminos por los que avanza el mundo. Un buen ejemplo de esa clase de políticos puede ser Benjamín Netanyahu, que, como ocurre en Catalunya con la casta política, desconfía de los intelectuales pero no de los ‘extelectuales’, o casi cualquier otro líder israelí, exactamente del mismo modo que hacen los líderes catalanes, premiando a los ‘extelectuales’ y rodeándose de personajes fieles que alimentan un odio tribal hacia la dirección que ha tomado el mundo. Es una dirección imparable, pero los ‘extelectuales’ y sus líderes creen que pueden detenerla y para ello excitan al público de todas las maneras posibles. A diferencia de lo que habitualmente ocurre con los intelectuales, los ‘extelectuales’ que exponen ideas dirigidas al estómago tienen la suerte de cobrar de instituciones oficiales o paraoficiales, a veces en cantidades exponenciales. Y a diferencia de la mayoría de los intelectuales, están al servicio del poder sectario y se regodean en ello.

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