31 oct 2020

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PERSIANAS BAJADAS

Terraza de un restaurante vacía en la plaza Pau Vila de Barcelona, este miércoles.

Europa Press / David Zorrakino

Qué malos son los clientes

Pau Arenós

La gestión del Govern es chapucera: se han reunido con los profesionales el mismo día del cierre

La clausura (provisional) de la hostelería es un fracaso colectivo. Los bares y restaurantes cierran porque hemos sido malos clientes. Algunos. Porque generalizar significa que todos se han comportado con esa negligencia derivada del jolgorio y la cervecita y el platito de calamares y el 'tacatá'. Y no. Tú y yo hemos seguido las reglas; él, no, pero la consecuencia es letal y sindicada. La bajada de las persianas, ese ruido metálico y concluyente, es un paso más hacia la bancarrota de un sector ruinoso, arruinado.

Nosotros hemos sido malos clientes y ellos son malos gobernantes. Hace un par de semanas, se regocijaban de forma discreta por lo estable de los contagios en comparación con Madrid. ¿Acaso quienes nos dirigen no disponen de proyecciones, análisis y modelos matemáticos que ayuden a comprender el futuro? ¿Hace una semana ignoraban que esto podía mutar de peligroso a peligrosísimo? La gestión es chapucera. ¿Negocias con las asociaciones el mismo día que anuncias las medidas? La administración lo ha hecho mal. Muy mal.

Un restaurante no son solo sus trabajadores, sino también los proveedores y otros servicios. Al caer, las fichas de dominó se tocan las unas con las otras. 

Ante el recrudecimiento de la transmisión había que hacer algo, sin duda: reducir aforos de terrazas e interiores (y que estén bien ventilados), cerrar las barras, ir hacia horarios europeos y comenzar/terminar antes. Amputar un miembro no parece la forma menos traumática de hablarle al cuerpo. El bar y el restaurante no son lo mismo. En los restaurantes se reserva, hay un control, un aforo. ¿Que ciertos lugares son un cachondeo? Pues que vayan los 'mossos' y los municipales y que saquen chispas de los bolis con las multas. Son unas sanciones pedagógicas.

¿Qué es lo que da más miedo al sentarse en un bar o un restaurante? ¿La comida y su manejo? No, porque se permite el 'take away' y el 'delivery' (y la indigestión de extranjerismos). De este golpe de guadaña se deduce que son los clientes. ¿Quiere decir el Govern que esas seis personas no conviven y, por tanto, pueden expandir el bicho? Y la consecuencia de la irresponsabilidad (porque es una imprudencia), ¿tiene que asumirla la propiedad del establecimiento? Que vaya la policía y pida partidas de nacimiento. O, más sencillo, evitemos el riesgo y dejemos de comer con quien no compartamos techo o a una distancia protectora. No somos personas mágicas e inmunes.

Nosotros hemos sido malos clientes y ellos son malos gobernantes. ¿Y los restauradores? Con honradez, con sinceridad: ¿cuántos están encima de sus empleados para que lleven la mascarilla correctamente colocada y para que se limpien a menudo las manos?, ¿cuántos piden a los comensales que usen el gel hidroalcohólico en la entrada y adviertan y expulsen a los que se mueven por el establecimiento sin tapabocas?, ¿cuántos respetan las distancias entre las mesas y entregan cartas de un solo uso o un código QR?

Nosotros, vosotros, ellos. Lo podríamos haber hecho mejor, pero el cierre es un fusilamiento.