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La maldición de Bly Manor

Quizá nos cueste encontrar en la serie de Mike Flanagan lo que nos hizo temblar en Hill House, pero saldremos de sus terrenos con la sensación de haber vivido algo extraordinario

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Victoria Pedretti en ’La maldición de Bly Manor’.

Victoria Pedretti en ’La maldición de Bly Manor’.

Poco miedo da 'La maldición de Bly Manor'. Es un pausado viaje hacia lo inaudito, una historia de fantasmas compleja y bien contada, llena de encuadres emocionales que nos permiten disfrutar de los detalles del paisaje sin perder de vista la magnificencia del todo. Los fantasmas en Bly Manor son suspiros del pasado, son el recuerdo que clava su silencio en la melancolía de una vida soñada, atrapados en un baile de infinitos “y sis” que desembocan en un calmado entendimiento, una empatía reconfortante que atraviesa la pantalla.

El uso figurativo de los fantasmas como representación del trauma que no ha sido procesado por completo es una invitación a un examen de conciencia propio. Es una provocación de un saber hacer narrativo que se desenreda en pequeñas píldoras filosóficas que florecen en cada uno de los personajes que completan la mansión perdida en la campiña inglesa, aportando cada cual un punto de vista diferente a un destino compartido.

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La luz inunda cada plano con colores vivos y saturados, como si quisiera reconfigurar la idea del terror gótico que inspirara la novela que le da vida a Bly Manor. 'Otra vuelta de tuerca', escrita por Henry James en 1898, es un libro lleno de sombras y tenebrosa sutileza, pero 'La maldición de Bly Manor', de Mike Flanagan, nos reinventa el género llenando la pantalla de contrastes bien perfilados y esquinas iluminadas con esperanzada expectación, quizá demostrando sin querer que el género gótico va más allá de lo estético; que el gótico es una manera de ver el mundo, de contar historias, de dilucidar el sentimiento trágico y sobrecogedor de la vida, atrapada en la belleza inescapable de muerte.

Quizá nos cueste encontrar en Bly Manor lo que nos hizo temblar en Hill House, pero saldremos de sus terrenos con la sensación de haber vivido algo extraordinario, un viaje inaudito por las profundidades de todo aquello que nos hace humanos. Volveremos a la comodidad de nuestra realidad, con mayor o menor dificultad, habiendo aprendido que el que alguien haya muerto no significa que esa persona se haya ido… para bien o para mal.

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