Desde Sant Antoni

Jeroglíficos y ajedrez

Poco a poco las mesas de la calle Borrell se fueron llenando de jugadores que se pasaban la tarde estrujándose la mente en público

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Jeroglíficos y ajedrez

Tiempo después de inaugurar nuestra ‘superilla’, seguimos intentando descifrar los jeroglíficos policromáticos de la calzada. Mi estrategia, cuando la atravieso en coche, es ir a cinco por hora y dejar cruzar a todos los viandantes, como si ese tramo fuera un paso de peatones continuo. Es mi manera de evitar sustos, gritos e infracciones. O no. Ya que al no saber el significado de las figuras geométricas amarillas del asfalto, nunca sé con certeza si estoy haciendo algo fuera de la ley. Cuando voy andando y tengo que cruzar, miro a derecha e izquierda repetidas veces como si fuera la niña de 'El Exorcista' en plena posesión, y, cuando no viene ni coche ni moto ni patinete eléctrico, corro a lo Forrest Gump hasta el otro lado. Esta, hasta el momento, ha sido mi táctica para sobrevivir en la supermanzana.

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El tráfico se ha reducido en más de seis mil coches, un dato a celebrar, pero los más de mil que siguen circulando a diario a menudo van demasiado rápido y ponen en peligro a los niños que disfrutan de la zona de juegos y más de un padre o una madre se han tenido que tirar en plancha para evitar atropellos. La ‘superilla’ viene acompañada de jardineras, bancos y todo tipo de elementos que generan nuevas plazas y espacios para las vecinas y vecinos. Confieso que cuando vi que algunas mesas tenían un tablero de ajedrez me pareció bastante inútil. Costaba imaginarme que la calle Borrell pudiese convertirse de pronto en el Chess & Cheeckers de Central Park y, de hecho, al principio los ciudadanos las usaban para tomar café, para sentarse a charlar y poco más. Pero, poco a poco, las mesas se fueron llenando de jugadores que venían con sus fichas y se pasaban la tarde estrujándose la mente en público. Mi hijo, al que su abuelo está enseñando a jugar, se pasa horas observando cómo distintas generaciones y razas disputan partidas larguísimas. Y a mí, que no sé ni cómo se colocan las fichas, me emociona verle aprender de sus vecinos, sentir que somos parte de una comunidad y comprobar que nuestro barrio sigue siendo barrio.