26 oct 2020

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nómadas y viajantes

Donald Trump.

AP / EVAN VUCCI

América es mía

Ramón Lobo

Hacemos cálculos sobre la suposición de que esta es una elección en la que el candidato perdedor va a aceptar su derrota en la madrugada del 4 de noviembre. Eso no va a suceder

Está en juego el sistema democrático, no solo la presidencia de EEUU. El efecto contagio sería demoledor en una Europa zarandeada por la pandemia y la crisis económica. Daría alas a unas extremas derechas que actúan desde hace años como un virus troyano que inutiliza el sistema operativo. El deterioro es brutal. EEUU es hoy un país dividido y enfadado que tiene más armas que habitantes. Solo una aplastante victoria de Joe Biden evitaría un noviembre caótico. No descarten nada. Ni siquiera un conflicto civil.

Quedan tres semanas y dos días. Las 14 encuestas nacionales predicen la victoria de Biden con una horquilla de tres a 16 puntos. Estos sondeos generan titulares, pero no ayudan a leer la letra pequeña de la realidad. No gana la presidencia el que obtiene más apoyos. Hillary Clinton perdió tras superar a Donald Trump en 2,7 millones de votos en el 2016. La Casa Blanca se decide a través de una elección indirecta. Se elige un colegio electoral compuesto por 538 delegados distribuidos por los estados según su población. Vence quien alcanza o supera los 270.

De los 50 que forman la Unión, 38 han votado al mismo partido desde el 2000. Este año puede haber cambios en algunos de ellos. Hillary perdió por poco en seis estados: Michigan, Iowa, Wisconsin, Ohio, Pensilvania y Florida, que juntos suman 102 delegados. Esa fue la clave.

Según las encuestas en cada estado, Biden tiene hoy asegurados 188 compromisarios frente a los 163 de Trump. Mantiene una solida ventaja en Pensilvania (20 compromisarios), Michigan (16), Virginia (13), Arizona (11), Wisconsin (10), Nevada (6), Nuevo Hampshire (4) y Maine (4). Si quiere ser presidente deberá ganar en los siete más importantes además de Florida (29).

Hacemos cálculos sobre la suposición de que esta es una elección en la que el candidato perdedor va a aceptar su derrota en la madrugada del 4 de noviembre. Eso no va a suceder.

Voto por correo

El plan de Trump es declararse vencedor aunque no llegue a los 270 compromisarios. Si el voto por correo es masivo, como parece que será en Michigan, Wisconsin y Minnesota, puede que no haya resultados oficiales en esos estados hasta pasados varios días. Sin ellos, es difícil que Biden supere los 255 frente a 200 de Trump. En este caso, Florida sería la llave. Si cae en el lado demócrata, Biden sería el ganador con 284 sin tener que esperar a los escrutinios de los tres estados anteriores. Si eso sucede significará que los republicanos pueden perder también el Senado. Sin la Cámara alta, la capacidad de maniobra de Trump sería limitada. En este escenario, muchos republicanos no le seguirían en una misión suicida.

Un voto masivo por correo en más de tres estados impediría conocer el resultado durante varios días. Es el territorio soñado por Trump, que lleva meses denunciando (sin pruebas) que ese voto es fraudulento. Se declararía vencedor y llamaría a sus seguidores a defender la Casa Blanca. Sus seguidores son supremacistas blancos armados. Twitter y Facebook han advertido de que bloquearán cualquier tuit o mensaje que proclame la victoria antes del resultado oficial o emponzoñe una transferencia de poder pacífica.

Solo un milagro electoral, similar al de la sorprendente recuperación del presidente tras haber dado positivo del covid-19, podrá evitar el escenario catastrófico de un enfrentamiento civil en las calles de EEUU. Ese milagro sería que millones de estadounidenses soporten largas colas y voten de manera presencial. Es posible que Trump tenga el virus, pero no sabemos cuándo y dónde lo contrajo. Si acudió a mítines y al debate enfermo. Si su comportamiento errático, más de lo normal, se debe a los esteroides que está tomando.

Debate virtual

Sabemos que quiere debatir cara a cara con Biden, saltándose las recomendaciones médicas, que no acepta un debate virtual. Se siente inmortal. Cree que así mejorará en las encuestas y podrá repetir la sorpresa de 2016, cuando todo apuntaba a una vitoria de Hillary Clinton.

La enfermedad le ha permitido desviar la atención de sus impuestos, decir: “yo sé qué es el covid, sé de lo que hablo”. Llega tarde para más de 200.000 estadounidenses muertos. Con estos datos y esta actitud de matón del Oeste debería perder las elecciones. No es solo Trump, es la América blanca, racista y machista, que se niega a compartir el poder con negros e hispanos. No es 'American First', el eslogan que repite el presidente, es 'América es mía'. Son síntomas del final de un imperio. Sus caídas nunca han sido pacíficas. Si creen que 2020 ha sido un mal año, prepárense para el que viene.