29 oct 2020

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BARRACA Y TANGANA

El banquillo de los Lakers celebra una canasta contra los Heat en el quinto partido de las finales de la NBA.

SAM GREENWOOD (AFP)

Una realidad perversa

Enrique Ballester

Cuanto más odias al rival, más te dolerá perder, pero más feliz te hará ganarle. Hay que aceptar ese riesgo, hay que firmar ese trato. Cuanto más sufras durante un partido, más satisfactoria será después la victoria

A veces me gustaría ser otra persona. Anoche, en la terraza de una casa de la calle de atrás, unos chavales montaron una fiesta a deshoras. Pasaban las cuatro de la madrugada y las risas, las canciones y los gritos no me dejaban dormir. Me asomé a la ventana para admirar el paisaje y lo dicho: a veces me gustaría ser otra persona. No una de esas que tan bien se lo pasaba bailando como un 'moñeco', gritando como un becerro y bebiendo como un semidiós ajeno a las resacas, no. Tampoco uno de esos jóvenes que observé, de pelo revuelto, dudoso gusto musical y aire despreocupado, no. Me gustaría haber sido el tipo de persona que en estas situaciones no duda en ponerse el batín, llamar a la policía y lanzar objetos contundentes desde la ventana, sí. Pero ni una ni la otra, así estoy ahora: demasiado viejo para organizar una fiesta así, con los niños en casa, y demasiado joven aún para actuar como un viejo cascarrabias.

Ahora tengo mentalidad de mediocentro defensivo, de lateral cumplidor, de canterano 'buenchaval'. Bastantes problemas hay por ahí para que yo me convierta en el problema de alguien. Como los de la fiesta no me dejaban dormir, volví al sofá para seguir sufriendo con las finales de la NBA. No quería ver el partido porque sospechaba que los Lakers ganarían el anillo y me ponía enfermo solo de imaginar a los suplentes haciendo el bobo en el banquillo, que no los soporto, que sacan lo peor de mí las celebraciones payasas del banquillo de los Lakers, seguramente porque voy con los Heat, que igual hacen lo mismo los suplentes de los Heat pero a mí no me importa, a ellos se lo permito. A veces me gustaría ser otra persona. No uno de esos megamillonarios sobreactuados a punto de alcanzar la gloria, no. Tampoco uno de esos aficionados sanos y modélicos que solo se fija en el juego, no. Me gustaría ser el tipo de persona cuyo estado de ánimo no depende del resultado de un partido, sí. A veces me gustaría ser un ejemplo, otra persona.

No tenemos remedio

Porque en el deporte se produce una realidad perversa. Cuanto más odias al rival, más te dolerá perder, pero más feliz te hará ganarle. Hay que aceptar ese riesgo, hay que firmar ese trato. Cuanto más sufras durante un partido, más satisfactoria será después la victoria. Por eso lo vemos aunque sepas que lo vas a pasar mal, aunque sepas que si pierdes te sentirás fatal, por eso pagamos por un suplicio íntimo que prefiero llevar en silencio. Porque la recompensa es inmensa y porque no tenemos remedio.

Esta mañana, cuando ha sonado la alarma del despertador, mi primer pensamiento no ha sido la fiesta que no me dejaba dormir, sino la victoria heroica de los Heat. Y tenía hasta ganas de vivir. El sueño apenas pesaba.

Somos lo que somos, no lo que queremos

A veces te gustaría ser otra persona, a veces lo piensas, pero somos lo que somos, no lo que queremos. Soy lo que soy, no lo que quiero. Un futuro calvo que no lo sabrá asumir y se peinará con truquitos el pelo. Uno que llama 'picsa' a la pizza, uno que a la mínima enseña fotos de sus hijos, uno que dice "ya quedaremos" y luego nunca llama. Un enganchado para siempre a la inquina del deporte. Un adicto al odio volátil con premio, también en partidos cualquiera de madrugada.