29 oct 2020

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Análisis

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este 2 de octubre a su llegada a la segunda jornada del Consejo Europeo, en Bruselas. 

OLIVIER MATTHYS (EFE)

Los frentes de Sánchez y el 14-F

Xavier Bru de Sala

Una vez superadas la fase defensiva, la dubitativa, la de las maniobras de distracción y la más breve de los consensos, Pedro Sánchez pasa al ataque. De repente, sin que nadie lo esperara, ha abierto no uno sino dos frentes simultáneos de especial significación y envergadura: Madrid y la cúpula del poder judicial. No uno después del otro, no con las habituales cautelas sino a un tiempo, con decisión, fuerza y ​​empuje. Estamos pues en periodo de hostilidad franca y declarada contra el principal partido de la oposición. El mal ya no se llama Frankenstein, no son ni Pablo Iglesias ni los enemigos de la unidad de España. Ahora, el malo es el PP, por las reiteradas negativas de sus dirigentes a colaborar en los grandes asuntos que afectan a la sociedad o las estructuras del Estado. Que Díaz Ayuso se haya opuesto con tanta vehemencia al cierre perimetral de Madrid, medida que no pocos expertos consideran no excesiva sino tal vez insuficiente, y que Pablo Casado se niegue a pactar la renovación del CGPG han sido, en términos políticos, un regalo para Sánchez y por tanto un error para el PP. Error que, en primera derivada, parece tanto destinado a beneficiar a Vox, y en menor medida a Ciudadanos, como al propio PSOE.

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Ahora bien, en segunda derivada, la apertura de estos dos frentes, y ya veremos si La Moncloa no prepara más, modifica por sí misma las cábalas y las perspectivas electorales de las autonómicas catalanas. Y las cambia en el sentido de que, habiendo pasado de pantalla ardiente en primer término a asunto mucho más tibio y de orden subalterno, el conflicto catalán puede ingresar en etapa de menor tensión y desasosiego: Sánchez, este nuevo Sánchez de repente seguro, batallador y osado, dispone ahora de un margen mucho más amplio que semanas y no digamos meses atrás para aflojar la cuerda de la represión.

Ahora y en los próximos tiempos, si se hunde España, que no se hundiría aunque el agua le llegara al cuello, no será por culpa de los independentistas sino por otros motivos que no tienen nada que ver con la agenda catalana. Crisis sanitaria y crisis institucional, con el telón de fondo de la crisis de la Monarquía que una ala del Gobierno atiza mientras la otra deja hacer. En este nuevo contexto, las medidas que acerquen la excarcelación de los presos disponen ahora de un campo para correr que se ha ensanchado y del que han desaparecido los peores obstáculos. La despedida de Quim Torra sin otra reacción y mensaje por parte de los radicales que la solicitud de la amnistía, así como el zorruno aplazamiento de la mesa de diálogo por parte de Pere Aragonès, puede que no apunten exactamente en la misma dirección pero van en dirección contraria a la confrontación, inteligente o estúpida, que es la única divisa de campaña de Puigdemont y JxCat.

Por poco, o por mucho, que el advenimiento de las medidas de gracia sustituya a la represión, Catalunya entrará también en una nueva fase, a partir del 14-F, menos problemática en todos los aspectos salvo en el conflicto que desgarra a los independentistas entre los partidarios de las inexistentes vías de solución y los partidarios de las imaginarias vías de confrontación.