26 nov 2020

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Al contrataque

Asistentes a la manifestación del pasado 16 de agosto en la madrileña Plaza de Colón.

FERNANDO ALVARADO/EFE

Papá, no corras

Carles Francino

Hoy España es un 'Sálvame' gigantesco en el que la intimidad o el respeto son valores en peligro de extinción

Todo conductor debería saber cuál es la distancia de seguridad para evitar el choque con otro. Si vas a 80 por hora, necesitas 70 metros; si vas a 100 ya sube a 90... pero cuidado porque si te distraes, por ejemplo sintonizando la radio, puedes recorrer 200 metros sin prestar atención a nada. Yo diría que España -con el lío de Catalunya en lugar muy destacado- está sintonizando la radio mientras los coches circulan a toda pastilla en dirección contraria, cargados de afrentas y reproches, y sin que nadie mire a la carretera.

Igual para entender -al menos en parte- este ejercicio colectivo de imprudencia debamos remontarnos a los años 90, cuando el PP de Aznar se emborrachó con las recetas del norteamericano Karl Rove, el gran inventor de la crispación como arma política. Y de la mentira, claro. Esa estrategia de polarizar la sociedad lo tuvo bastante fácil en un país como el nuestro, acostumbrado a resolver sus diferencias a garrotazos, pero marcó un punto de inflexión que -a mi juicio- explica bastantes de las trifulcas que han venido después. Aunque tampoco podemos olvidar que fue en esa misma época cuando las nuevas televisiones privadas empezaron a diseminar el amarillismo informativo y el pornoentretenimiento como moneda de curso habitual.

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Hoy España es un 'Sálvame' gigantesco en el que la intimidad o el respeto son valores en peligro de extinción, donde algunas de las estrellas del espectáculo son políticos. Y también periodistas. Quede claro que soy un convencido de la política y un apasionado de mi oficio, pero no estoy ciego, ni sordo. Y el ardor con el que cavan trincheras unos y otros -no solo en la tele- genera un ruido ensordecedor. Y además apesta. Banderas por encima de personas; tripas y consignas en lugar de empatía y cerebro. De la lealtad, ni hablamos.

La otra noche, tras el debate tabernario entre Trump y Biden, recordé que aquí se observan señales parecidas. Peligro. Afortunadamente no tenemos milicias armadas ni un zumbado que las aliente desde el poder, pero como alguien no frene el trompazo puede ser descomunal.

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