26 oct 2020

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Desde el Eixample

Representación de una comedia en la Villarroel, protagonizada por Ivan Massagué y Marta Bayarri, en enero.

Teatro y barrio

Jenn Díaz

Cada día cuando pasamos por delante de La Villarroel miro la puerta, está cerrada desde hace muchas semanas. Ahora anuncia una obra

Pocos días antes del confinamiento fuimos al teatro. Un domingo, sin mucha información de la obra, aterrizamos en La Villarroel para ver una pieza de los Sutottos. Reímos de principio a fin, sin parar, aquel dolor en la barriga y domingo con sol de invierno al salir... Días más tarde ya pensábamos en aquella sala con nostalgia, como de otro mundo, y todavía ahora pensarnos todos juntos, sin mascarilla y en un espacio cerrado, nos parece una escena imposible. Cuando marchamos andando hacia casa, poco nos podíamos imaginar que días más tarde habría una pandemia que cambiaría nuestras vidas quizás para siempre, quién sabe. Poco nos pensábamos, también, que seis meses más tarde, con un confinamiento estricto, la normalización de la mascarilla en el espacio público y las medidas de seguridad por medio, acabaríamos cambiando de barrio y viviendo al lado de La Villarroel.

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Desde antes del verano vivimos en la Nova Esquerra de l'Eixample, y cuando salimos de casa vemos la puerta de La Villarroel cerrada. Día tras día  pasamos por delante, puerta cerrada. Claro, la reanudación cultural tiene unos ritmos que poco se asemejan a muchos otros, y la puerta del teatro está cerrada desde hace muchas semanas. Ahora La Villarroel forma parte de nuestro paisaje cotidiano, como antes lo hacía la Rambla. Hay anunciada 'Els gossos' y cada día cuando pasamos por delante, arriba o abajo, miro la puerta. Poco nos pensábamos todo esto: la pandemia y una mudanza. Por eso digo que quizás aquel confinamiento —una casa demasiado pequeña, con poca luz natural día tras día te hacen replantearte muchas cosas— nos cambió la vida para siempre. 

La casa como trinchera nos hizo modificar algunas percepciones de nuestra cotidianidad, porque no estábamos preparados para trabajar allí, para estar, para vivir allí. No teníamos escritorio, ni sabíamos a qué horas daba el sol. Nuestra casa no era nuestra casa, entonces. Ni La Villarroel era el teatro del barrio, como lo es ahora. Un teatro que tímidamente anuncia una obra y que tiene las puertas abiertas. Con la persiana a medias, pero las puertas abiertas. El martes volvemos, medio año más tarde. Por fin.