27 oct 2020

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Análisis

Reunión por videoconferencia del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud.

LA MONCLOA

Díaz Ayuso y la hormiga

Antón Losada

Es como si alguien se encontrase muy enfermo en un hospital y se resistiera al tratamiento alegando que el paciente de la cama contigua está peor.

Seguramente conocen la fábula de la cigarra y la hormiga. Ya saben, la primera se preparó para el frio durante el verano almacenando víveres, la segunda se dedicó a tomar el sol y a reírse de sus esfuerzos. En toda la cultura popular europea, el invierno castiga a la cigarra por frívola e irresponsable y premia a la hormiga por previsora y comprometida. En España, en cambio, la recompensa se la lleva con cierta frecuencia la cigarra; el último ejemplo lo encarna Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid.

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Durante el estío, como la hormiga del cuento, casi todas las comunidades autónomas fueron asumiendo que, ni el virus estaba vencido, ni habíamos salido más fuertes. Algunas como Galicia o Euskadi ya impusieron confinamientos en julio. Las demás fueron adoptando decisiones más y más duras: mascarillas, toques de queda en la hostelería, confinamientos de ciudades y comarcas enteras. Como la cigarra, una se resistió alegremente a comportarse con la precaución de las hormigas. Cuando en toda la península la mascarilla era obligatoria, en Madrid no se llevaba porque los días de la opresión del estado de alarma habían pasado y en la capital nada resulta más sagrado que la libertad y el libre comercio; bienes escasos que, en provincias, no sabemos valorar por nuestro natural borrego y porque todos vivimos del clientelismo autonómico.

No es de extrañar que las autonomías que optaron por la estrategia hormiguera se pregunten ahora desconcertadas si no habría sido más inteligente haber seguido la táctica cigarrera y forzar ir a rastras hasta los confinamientos, viendo como ahora es a la cigarra a quien se le ha ofrecido trato preferente y fijar los criterios de referencia a las hormigas. Por qué el Gobierno central había decidido recompensar con la bilateralidad la imprevisión y la insolidaridad exhibida por el Gobierno madrileño, o convertirlo en árbitro y referencia para aquellos ejecutivos más previsores y aplicados, se antoja un misterio y toda una innovación para el manual del buen gobierno.

Primero Madrid era España dentro de España y requería un trato diferente. Luego el problema residía en que no existían unas normas que rigiera por igual en todo el país. Ahora que se dispone de esos criterios homogéneos y objetivos, no se pueden aplicar en todo Madrid porque técnicamente no es lo mismo. A Díaz Ayuso únicamente le falta lleva un cartel en la frente que diga: solo busco ganar tiempo. Aunque entre todos los argumentos esgrimidos para justificar su ligereza mientras los contagios se acercan a los 800 casos por cien mil habitantes, ninguno tan escalofriante como alegar que otros territorios se hallan peor y no se les obliga a incrementar sus restricciones y penurias. Es como si alguien se encontrase muy enfermo en un hospital y se resistiera al tratamiento alegando que el paciente de la cama contigua está peor. Seguramente nos parecería una estupidez, pero eso también acostumbra a llevar premio en España.