29 oct 2020

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EL ANÁLISIS

Donald Trump celebra después del debate presidencial en los EEUU.

AP

Un debate vergonzoso

Ramón Lobo

Fue el encuentro entre un matón y un hombre decente. Quizá sea el único logro del candidato demócrata, que apenas pudo desarrollar un argumento sin atropello

El primero de los tres debates presidenciales fue uno de los momentos más bochornosos de la historia reciente de EEUU. Es difícil saber quién ganó porque en realidad perdieron todos los estadounidenses. Fue el encuentro entre un matón y un hombre decente. Quizá sea el único logro del candidato demócrata, que apenas pudo desarrollar un argumento sin atropello. 

Resulta imposible debatir con un maleducado patológico cuyo plan es convertir el encuentro en una pelea callejera. Es imposible conversar con una persona que no permite hablar y que retuerce los hechos y los datos para proclamar "he hecho un trabajo tremendo". Es difícil tratar a un narcisista malcriado que vive dentro de una burbuja de aduladores.

El instante más ignominioso llegó cuando Trump se negó a condenar el supremacismo blanco y las milicias armadas, incluido el grupo neonazi Proud Boys. Al hablar del racismo y de la violencia policial contra los negros, el presidente se aferró a su lema de ley y orden, sin la más mínima empatía ante el padecimiento de sus conciudadanos. Biden le calificó de racista, pero no se inmutó; tal vez le pareció un halago. 

Trump se presentó como una víctima de los medios de comunicación, que le quieren menos que a Biden. Sonó a temeridad en un país en el que han muerto más de 200.000 personas por el covid-19. Este fue el segmento más brillante de Biden. Pudo mostrar las contradicciones, mentiras y errores del presidente. También fue convincente al dirigirse a las madres de los suburbios, que pueden ser claves dentro de cinco semanas.

El presidente recurrió al ataque personal. Así sacó de quicio a Hillary Clinton hace cuatro años. El demócrata optó por la calma y a la sonrisa irónica. Incluso se contuvo cuando Trump atacó a Hunter Biden. Tuvo una salida brillante al explicar que su hijo había superado una adicción a las drogas, algo que le hizo cercano.

Un debate caótico

El moderador Chris Wallace, un veterano y reputado periodista de Fox News, fracasó en su papel. Nunca tuvo el control. Les culpó de interrumpirse cuando solo había un infractor. Fue un debate caótico. Debería existir la posibilidad de cerrar el micrófono del grosero. 

En una democracia-reality-show gana el amoral, el que sabe agitar las pasiones de la masa, hablar en un lenguaje simple que reduce las realidades complejas a eslóganes de vendedor de crecepelos. Anoche Trump no logró ni eso. Hasta los suyos se sentirán confusos. 

El republicano no quiso comprometerse a respetar el resultado electoral y no proclamarse vencedor antes de conocer los resultados oficiales. Volvió a su tesis del fraude en el voto por correo, del que no hay pruebas. Habló de meses de recuento sin olvidar al Tribunal Supremo, al que ve como el último árbitro. Pareció débil, un hombre que no está seguro de ganar.

En el 2016 proclamó ufano: "Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos". Es lo que lleva haciendo desde enero del 2017. Otros cuatro años de Trump serían un riesgo que EEUU ni el mundo se pueden permitir.