23 oct 2020

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Análisis

Imagen de Alp, uno de los municipios de la Cerdanya.

Salir de Barcelona hoy, privilegio reservado a unos cuantos

Gemma Altell

Llegan informaciones diversas sobre 'huidas' de la ciudad de Barcelona por el covid. Parece que la ciudad se vacía ante la desesperanza de la nueva normalidad y la posible amenaza de un futuro confinamiento. Sin embargo, como casi siempre y como en casi en todo, esta huida no es igual para toda la ciudadanía. ¿Qué está ocurriendo pues? Una vez más evidenciamos las desigualdades sociales que la pandemia ha demostrado con toda su crudeza. Paradójicamente, parece que a quien se le ha hecho más insoportable el confinamiento en la ciudad ha sido a aquellas personas o núcleos familiares que tienen la posibilidad de abandonarla. No es casualidad que zonas pobladas de segundas residencias de las clases adineradas de la ciudad -como la Cerdanya o la Costa Brava- estén anunciando el incremento de población.

Es importante pues observar que, una vez más, la libertad de elección o de transgredir las normas impuestas por  salud pública también tiene que ver con el dinero y la posición social. Mientras Madrid confina las poblaciones más vulnerables económicamente, Catalunya no reacciona ante estas salidas de la urbe que también pueden amplificar la pandemia y, por supuesto, son insolidarias. Parece que el nivel de soportabilidad de situaciones adversas es regulable en función de la situación económica individual.  

Sabemos además que para decidir trasladarse de la vivienda habitual a la segunda residencia es necesario tener una actividad profesional que permita el teletrabajo; estas situaciones están a menudo vinculadas a profesiones liberales o trabajos con cierto nivel adquisitivo. ¿Qué posibilidades tienen de salir de la ciudad las personas con actividades laborales presenciales poco cualificadas? ¿Muchas de ellas actividades esenciales para sostener la vida en la ciudad? Además, en la mayoría de los casos, son las personas o núcleos que viven en pisos más pequeños y sin salida al exterior y, por supuesto no tienen segunda residencia. Una vez más el privilegio social marca la forma como podemos vivir la pandemia.

Ante datos de contagio que pueden volver a ser alarmantes no podemos permitir que la exigencia sea distinta en función del bolsillo de cada ciudadano. Sabemos que la factura económica, social y psicológica a pagar va a ser mucho más alta para las clases sociales más desfavorecidas. Lo hemos comprobado casi desde el inicio de la pandemia. A día de hoy no hay excusa para hacer ver que no vemos cómo esta situación va a incrementar aún más la brecha social.

Las políticas y también las regulaciones con respecto a la pandemia deben garantizar que las desigualdades sociales no aumenten aun más con la gestión del covid. Es la obligación de los poderes públicos. La frustración que está generando esta nueva normalidad ya está siendo distinta y desigual. El compromiso y la responsabilidad debe ser de todos y todas.