24 oct 2020

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La precariedad de un sector de la cultura

Qué mató a la música

Trino

Qué mató a la música

Mónica Vázquez

La vida del artista es el 'Titanic' y los músicos viven en un hundimiento constante, en la extenuante incertidumbre hecha costumbre y hábito

Son las seis de la mañana y, café en mano, me peleo con mi cerebro, intentando conjugar frases y ser parte del mundo. Enciendo la radio, despacio, como si doliese el existir. Como si me doliera el mundo entero. Todo es un poco más difícil de un tiempo a esta parte y ayuda escuchar, aunque sea al otro lado del aparato, una voz familiar, una melodía amiga. Con un poco de suerte, sonará esa canción que te sacude y te traspasa, avivando recuerdos, desenterrándote el alma, colándose entre los escombros de la vida que te esperaba antes de la pandemia, iluminando rincones que habías decidido olvidar para hacer un poco más fácil esta nueva normalidad que sabe a queso 'light', 0% grasa. Bebo a sorbos un café hecho muy lejos de mi hogar, viviendo una realidad muy distinta a la que, hace no tanto, imaginé para mí, y me siento, cabezota, en la rutina que llamo mía. Y entonces me oigo, a esa otra yo que apenas reconozco, cantando en la radio, y me sobrecoge una sensación de soledad e irremediable desapego, que un corazón roto no palpita igual que uno que aún camina entero.

Me ataca el recuerdo de escenarios que jamás pensé que pisaría y suspiro. La música. Qué invento. Cómo consigue el ser humano solidificar en un momento la emoción indescriptible de saberse vivo, saberse uno, y desconocer el resto. Cómo puede una canción cambiarte la vida, darle nombre a un sentimiento y enseñarte a articularlo, estrenando una parte de ti mismo que desconocías hasta entonces. Y cómo puede ser que valoremos tan poco aquello que nos hace tan humanos y nos hace tanta falta. Cómo es posible, cuando sabemos que somos la música que sentimos y escuchamos una y otra vez hasta desgastarnos el alma. Nosotros, que hemos vivido una pandemia cantando 'Resistiré' hasta desgañitarnos, hasta que los vecinos nos recordaron que igual podríamos resistir en silencio. Nosotros, que hemos montado discotecas en balcones y karaokes en los parques reclamando un pasado perdido.

Como amante, nunca como amada

Nos llevamos las manos a la cabeza. Puño al pecho y profundo desagrado, inundando las redes sociales de gestos, palabras e intenciones que se pierden en el espacio, como el eco de una voz que hace mucho tiempo decidió callarse. La música es importante, claro que sí, siempre y cuando no sea yo el que sufre por ella. Que sufran otros. Que paguen otros, con su sudor, sus sueños y su insomnio, lo que yo bailo extasiado, cantando como si la letra de esa canción fuera lo único que me mantiene con vida, diciendo “es mi canción, es mi canción” una y otra vez. Me gusta la música, sí, pero como amante, nunca como amada. Suspiro de nuevo con la furia que me llevó a dejar la música, años ha. Duele pensar que quizá, visto lo visto, hice bien.  

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La pandemia ha puesto de relieve lo precario del mundo de la música, descubriendo para muchos, lo imposible que es dedicarse a la música en España hoy… y siempre. Río entre lágrimas, cansada pero expectante. Quizá ahora que la música se encuentra literalmente al borde del abismo llegue la revolución que llevamos décadas necesitando. Quizá, ahora sí que sí, seremos sinceros con la gravedad del asunto, desenterraremos todos los cuerpos y averiguaremos por fin qué mató a la música. No caigamos en el error de culpar a la pandemia de un problema que llevamos arrastrando Dios sabrá cuánto. La falta de recursos que afrontan los artistas, el desdén de la sociedad, el abuso legal, económico y comercial constante que sufren los creadores y trabajadores de la industria de la música, que tienen que luchar contra trampas y baches que les consumen hasta puntos insospechados… se ven ahora claramente. Ahora, que tenemos un minuto para mirarnos a los ojos sin el humo ni los focos de escenarios encadenados 'ad infinitum', a ritmo desenfrenado, para poder llegar a fin de mes.

La vida del artista es el 'Titanic' y los músicos viven en un hundimiento constante, en la extenuante incertidumbre hecha costumbre y hábito. Es una vida hecha de pasión y miedo, un sinvivir constante que pocas veces termina bien, pero cuando lo hace, el paisaje resultante de tanta miseria es un espectáculo por el que merece la pena comerse el barro de demasiados años mal vividos. O al menos, eso decían. Ahora que el romanticismo de la precariedad se hunde víctima del iceberg inescapable del covid nos sorprendemos cuando el silencio se adueña de la oscuridad de los tiempos que nos han tocado vivir. Y nos entra el miedo. Porque todos sabemos lo que pasa cuando los músicos dejan de tocar. Cuando se acaba la música y nos quedamos solos. Nosotros, el silencio y la oscuridad.