29 oct 2020

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análisis

El edificio de la ONU en Nueva York.

EFE / JUSTIN LANE

El Parlamento del Hombre

Alfonso Armada

Tras el estrepitoso fracaso de la Liga de Naciones, que surgió del Tratado de Versalles y los escombros de la primera guerra mundial, pero no pudo evitar la segunda, esta prometedora evocación fue preámbulo de la ONU

“Nosotros [...], los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra, que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles...”. Tras el estrepitoso fracaso de la Liga de Naciones, que surgió del Tratado de Versalles y los escombros de la primera guerra mundial, pero no pudo evitar la segunda, esta prometedora evocación fue preámbulo de la ONU. Fundada hace 75 años en San Francisco, este redondo aniversario arroja más sombras que luces. 

En 'Esto es Nueva York', apuntó el gran periodista E. B. White ante la construcción de la sede onusiana: “Se solía creer que la Estatua de la Libertad era el símbolo que representaba a Nueva York y la reflejaba en todo el mundo. Hoy la Libertad comparte su papel con la Muerte. A la orilla del East River, sobre los demolidos mataderos de la Turtle Bay, en dura lid con el espectral sobrevuelo de los aviones, los hombres cincelan la sede permanente de las Naciones Unidas: el más grandioso proyecto de todos los imaginados”. Se refiere White al que se convertiría en Parlamento del Hombre, “hogar de todos los pueblos y de todas las naciones, capital de todo, ágora para el debate, para que los bombarderos sean detenidos y su misión abortada”. Junto al airoso rascacielos verdeazul respira un viejo sauce en un jardín interior. 

Recuerda White en su esplendoroso librito que el sauce ha sufrido mucho, pero que representa a la ciudad entera: “Cuando lo contemplo en este mismo momento, y mientras siento la heladora sombra de los aviones, pienso: ‘Es imprescindible que se salve, nada más, precisamente este árbol’. Si sucumbiera, todo se perdería (…). Su falta sería como la muerte”. Poco después del 11-S lo busqué. Seguía milagrosamente en pie. Si volviera a Nueva York sería una de mis primeras citas, junto al Cuarto de la meditación que abrió en un rincón austero del gran hall de entrada de la ONU el acaso su mejor secretario general, el sueco Dag Hammarskjöld, que perdió la vida en un misterioso accidente aéreo en África mientras mediaba en el conflicto de Katanga, en el antiguo Congo Belga. 

La clave de la bóveda

Heredero de la segunda guerra mundial, el Consejo de Seguridad y sus cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia) sigue siendo la clave de bóveda y (con su derecho de veto) principal escollo para renovar una organización fruto del peor conflicto sufrido por la humanidad. Con una Asamblea General inoperante, su último estertor político lo experimentó cuando Washington buscó infructuosamente su bendición para intervenir contra Irak, a quien el Gobierno de George W. Bush acusaba inicuamente de estar detrás de los atentados que borraron las Torres Gemelas. En ese momento volvió a ser Parlamento del Hombre. Desde entonces no ha dejado de capotar. 

Cuando cubría la vida de la organización desde la Franja de Gaza (por los numerosos periodistas árabes con quienes compartía sala, a un tiro de piedra del Consejo de Seguridad), soñaba perversamente con que un ángel fieramente humano sellara las puertas de la Asamblea General cuando estaban reunidos los principales jefes de Estado y de Gobierno y, al igual que en la película de Luis Buñuel, 'El ángel exterminador', no les dejara salir hasta que hicieran honor al Parlamento del Hombre y al documento fundacional de la ONU. En palabras de Inocencio Arias, uno de los más apasionados diplomáticos españoles, una organización que, “a pesar de todo, si no existiera habría que inventarla”.