29 oct 2020

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Análisis

Las oficinas centrales e CaixaBank, en Barcelona. 

Un banco 'next generation'

Jordi Alberich

La mayor solidez del nuevo CaixaBank es una noticia positiva para que los fondos europeos de reconstrucción puedan contribuir a la modernización de nuestro aparato productivo

Han bastado pocos días para que el anuncio de fusión entre CaixaBank y Bankia se haya formalizado. Una velocidad sorprendente, que tendrá que ver con la capacidad de los negociadores, pero, también, con el hecho de que la operación era una vieja aspiración que, sin duda, la crisis sanitaria ha acelerado, pero cuya razón de fondo reside en la complementariedad entre ambas entidades.

Así, conlleva una serie de lecturas positivas, ya sea el menor coste sobre el empleo que si la fusión se diera entre entidades con mayor coincidencia geográfica; el liderazgo de CaixaBank, que evitará los inconvenientes de aquellas fusiones en las cuales nadie acaba liderando el proyecto común; la consistencia financiera que aporta la Fundació La Caixa como accionista de referencia; o el mismo hecho de que desde Barcelona se gestione la fusión entre una entidad catalana y una madrileña, ambas domiciliadas en Valencia, y la resultante presidida por un vasco y gestionada por otro. Pero, lo más relevante es la mayor solidez y presencia del nuevo CaixaBank, lo que constituye una buena noticia para todos.

Con la operación, se convierte en líder del mercado ibérico, pues a su condición de primer banco español, se añade su control sobre el portugués BPI. Un hecho relevante en sí mismo que, además, le sitúa en una posición idónea para entrar en otros países europeos, a medida que se consolide el mercado único financiero.

Por ello, la noticia resulta muy positiva para el conjunto de la economía española, enfrentada a las dramáticas consecuencias del covid-19 pero, a su vez, esperanzada por cómo los fondos europeos para la reconstrucción, que empezaremos a percibir a partir del próximo año, pueden favorecer que salgamos de la pandemia con un aparato productivo más competitivo.

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Y en ese tejido empresarial al que aspiramos, el papel de la banca minorista resultará central, pese a las dificultades por las que transita el sector, consecuencia de los bajos tipos de interés, la digitalización, la emergencia de nuevos actores, como las 'fintech', o de prácticas innovadoras, como el acceso directo de grandes y medianas empresas a nuevos instrumentos de financiación. Pero, pese a esta transformación tan profunda, la banca tradicional seguirá resultando determinante.

Tenemos dos ejemplos recientes de su trascendencia. En negativo, el sinsentido de algunos bancos y cajas de ahorros contribuyó en gran medida al hundimiento de nuestra economía en la crisis de hace una década. Por el contrario, el buen hacer ha permitido transitar durante los meses más duros de la pandemia, facilitando que el crédito fluyera a empresas y familias.

Para que el fondo europeo, denominado 'next generation', alcance su objetivo de contribuir a la modernización de nuestro aparato productivo, resultará fundamental la combinación de políticas públicas y ambición empresarial. Pero, también, el sustentarse en un sistema financiero saneado y dimensionado a las exigencias de los tiempos. Hoy se ha dado un avance en este sentido, un banco 'next generation'.