21 oct 2020

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Retorcer la historia

Ficha policial del ’president’ Lluís Companys.

ARCHIVO VARELA

Dejen a Companys en paz

Andreu Claret

Torra y Puigdemont buscan de forma interesada apropiarse de la figura del 'president' mártir

Casi la mitad de la alocución pronunciada por Quim Torra con motivo de la Diada estuvo dedicada al fusilamiento de Lluís Companys. Con un objetivo explícito, el de acusar a España del magnicidio, y dos implícitos: identificarle con el independentismo actual y arrebatar su figura a la tradición de izquierdas asociándola al nacionalismo catalán conservador. Ninguno de los tres objetivos se ajusta a la verdad histórica. No fue España quien detuvo a Companys en Francia y le fusiló en el castillo de Montjuic, el 15 de octubre de 1940, tras un juicio que duró poco más de una hora. Fue Franco, con la connivencia de la Abwehr, el servicio de espionaje de la Wehrmacht.

Companys siempre fue federalista, incluso durante la guerra civil, cuando Juan Negrín le ninguneó. Y desde que abandonó las tierras de su familia, en El Tarrós, para ejercer de abogado en Barcelona, siempre fue un hombre de izquierdas. Fundador de Esquerra Republicana, próximo a Francesc Layret y al ‘Noi del Sucre’ y cercano a la causa de sindicalistas y ‘rabasaires’. Lejos, por lo tanto, de los referentes ideológicos que inspiran a Torra y a su mentor, el expresidente Carles Puigdemont, y al mentor del mentor, Artur Mas.

El relato independentista

Pretender que fue España quien fusiló a Companys forma parte del relato independentista. Decía Josep Fontana que la historia debe servir para entender mejor los desafíos de hoy. De ahí que no sea baladí recordar quién mató a Companys. Quienes sostienen que fue España reducen torticeramente la guerra civil a un conflicto entre Catalunya y España. Cómo si Madrid no hubiese sufrido el asedio franquista toda la contienda. Cómo sí Queipo de Llano no hubiese masacrado a miles de andaluces durante la desbandá de Málaga. Cómo sí no hubiese habido catalanes en los dos bandos.

La idea de que España fusiló a Companys forma parte del relato esencialista que sostiene que España nos roba, o nos mata

La historia sirve para entender el presente, pero su adulteración puede servir para justificar determinadas actitudes. La idea de que España fusiló a Companys forma parte del mismo relato esencialista que sostiene que España nos roba, o nos mata.

La asociación interesada de Companys con el independentismo catalán también requiere retorcer la historia, prescindiendo de la complejidad del personaje. Existió, desde luego, un Companys arrebatado que celebró el advenimiento de una República catalana, en 1931, desde el balcón del Ayuntamiento, aunque lo hiciera defendiendo el horizonte de una España federal. Una idea que reiteró el 6 de octubre de 1934, desde el balcón de la Generalitat, cuando proclamó el Estado catalán «dentro de la República Federal española». Pero existen otros Companys. El que gritó: «¡Madrileños, Catalunya os ama!», en la Monumental de Madrid, en marzo de 1937. El que se enfrentó a Estat Català y a los independentistas de su propio partido hasta el extremo de ser objeto de un complot que anticipó los enfrentamientos del nacionalismo catalán 80 años después. O el Companys denostado por los independentistas durante la retirada y el primer año de exilio. Nadie tiene derecho a acaparar un personaje cuya ambivalencia recorre toda su biografía.

La apropiación de Lluís Companys por parte de Torra constituye un episodio más de la batalla planteada por Puigdemont para arrebatarle votos a Esquerra Republicana. Distanciado del legado pujolista con la destrucción del PDECat, el expresidente sabe que el recuerdo de Companys le puede ayudar a ocupar el centro de gravedad de un nacionalismo escorado hacia la izquierda tras el procesamiento de sus principales líderes. Efectivamente, como abogado y activista, Companys defendió pleitos populares, de izquierdas. Aunque procedía de una familia campesina acomodada –su madre era la baronesa de Jover–, asumió causas ajenas a su clase. El 19 de julio de 1936, no dudó en oponerse al levantamiento franquista, sabiendo que la calle iba a quedar en manos de la CNT. Los desmanes que siguieron mancharon su presidencia, pese a lo que hizo para reconducirla.

Denostado por muchos de los suyos, que le acusaban de ser un juguete en manos de Negrín y del cónsul soviético, Vladimir Antónov-Ovséienko, y por quienes sufrieron la violencia y los asesinatos de los primeros meses de la guerra, partió al exilio solo y derrotado, obsesionado por la salud de un hijo encerrado en un centro psiquiátrico de Paris. La dignidad con la que asumió su trágico final fue reconocida por todos y creó la figura del presidente mártir basada en que 'un bel morir tutta una vita onora', por decirlo con palabras de Petrarca. De ahí que quienes aspiran a liderar el independentismo no le dejen en paz.