27 sep 2020

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ANÁLISIS

Protesta de activistas en Washington contra la firma de los acuerdos.

EFE /EPA SHAWN THEW

Una controvertida normalización

Ignacio Álvarez-Ossorio

Israel ha conseguido un pacto beneficioso con Emiratos y Baréin sin necesidad de hacer concesiones relevantes

Por mucho que el presidente Trump se empeñe en presentar el establecimiento de relaciones de Israel con Emiratos Árabes Unidos y Baréin como un acontecimiento histórico, las diferencias con los acuerdos precedentes saltan a la vista. El Acuerdo de Camp David de 1978 marcó un punto de inflexión en el conflicto palestino-israelí al apartar a Egipto del frente árabe contra Israel y se basaba en el principio ‘territorios por paz’, por el cual Israel se comprometía a retirarse de los territorios ocupados a cambio de establecer relaciones plenas. En el caso que nos ocupa, Israel nunca ha estado en guerra con dichos países del Golfo, por lo que no es pertinente hablar de acuerdo de paz.

Además, los recientes acuerdos se basan en la máxima de ‘paz por paz’, gracias a la cual Israel consigue un pacto beneficioso sin necesidad de presentar concesiones relevantes. Debe recordarse que, durante décadas, la Liga Árabe supeditó dicha normalización al establecimiento previo de un Estado palestino sobre los territorios ocupados por Israel desde 1967: Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, tal y como proponía la Iniciativa de Paz Árabe de 2002 promovida por Arabia Saudí.

Un secreto a voces

Otra diferencia notable es que, en esta ocasión, EEUU ha mantenido un papel secundario, ya que las relaciones entre Israel y las petromonarquías del Golfo eran un secreto a voces desde hace años. A unos y otros les une su deseo de contrarrestar el expansionismo iraní en Oriente Próximo. En todo momento, Israel ha llevado la batuta de las negociaciones mientras que EEUU ha actuado como comparsa, tal y como evidenció el denominado Acuerdo del Siglo promovido por la Casa Blanca que se limitaba a reproducir las posiciones israelís.

Israel, por lo tanto, suma un nuevo éxito y los palestinos un nuevo fracaso. Si bien es cierto que Baréin es un diminuto emirato sin apenas peso específico, Emiratos Árabes Unidos es una potencia militar que goza de una enorme proyección regional. De hecho, es uno de los principales importadores de armas a nivel mundial, lo que le ha permitido adoptar una política exterior intervencionista en Yemen y Libia, donde ha desplegado efectivos para tratar de frenar a sus rivales regionales: Irán, Qatar y Turquía.

Arabia Saudí

Ahora, la principal incógnita es saber qué otros países seguirán los pasos de Emiratos y Bahréin. En las quinielas figuran Omán y Sudán, aunque todas las miradas se concentran en Arabia Saudí, la principal potencia árabe que, además, alberga los santuarios de La Meca y Medina. Si bien es cierto que Riad ha dado la luz verde a la normalización de sus vecinos con Israel, también lo es que, por el momento, no parece estar dispuesta a dar un paso de esta envergadura.

Mientras que la nueva generación capitaneada por el príncipe heredero Muhamad Bin Salman es partidaria de la cooperación con Israel, la vieja guardia dirigida por el rey Salman es manifiestamente contraria por los costes que pudiera generar no sólo en la escena regional, sino también a escala doméstica.