OPINIÓN

La interacción de la salud con la economía a propósito de la movilidad

La pandemia ha revalorizado vivir fuera de las ciudades, muestra las virtudes de las fincas rurales cuando las conexiones virtuales son buenas

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Embotellamiento de tráfico en las calles de Sao Paulo.

Embotellamiento de tráfico en las calles de Sao Paulo. / NELSON ALMEIDA (AFP)

Las intersecciones de la economía con la salud, y viceversa, son múltiples y suficientemente estudiadas. Sobre todo las socioeconómicas: parado, pocos estudios y bajos ingresos, probable mala salud. Y ciertamente, con mala salud, mucha renta no es esperable. A pesar de las excepciones, a eso se le llama causalidad reversible o de doble dirección.

Hemos visto recientemente una de las interacciones más bárbaras: la de la pérdida de la salud con la pandemia y el derrumbe de la economía. En los estragos de la crisis se producen, además, efectos colaterales. Tomaré uno que por controvertido me parece importante que se analice bien. Lo haremos este miércoles con la presentación del último 'Monográfico de Economistas' (número 169), hermana de nuestra 'Revista Económica de Catalunya' que, impulsada por el Consejo General de Economistas, con el título de 'Hacia una nueva movilidad en las ciudades'. El covid, ciertamente, nos ha descubierto a algunos una nueva forma de trabajo donde los desplazamientos toman características nuevas: más puntuales y esporádicos, más intermodales o simplemente modales rurales-urbanos y poco más.

Contrasta esto con la literatura que se había ido abriendo camino en torno a la bondad de las mega ciudades, de un futuro hecho de urbes metropolitanas en la conectividad de un territorio del que prácticamente desaparecían las regiones y los distritos. Del coche autónomo, de la inteligencia artificial en la localización, en la optimización de trayectos desde el kilómetro cero. Responde en parte, todo ello, con los múltiples intereses que se mueven alrededor del automóvil. Coches, en todas partes, invasores de territorio, impulsados por un capitalismo que en nombre de la autonomía individual, de la ostentación de la capacidad económica, nos ha llenado las ciudades de coches. Hasta las orejas. También en pequeños lugares donde nada justifica que no se busque otras soluciones de transporte. También en países en vías de desarrollo: en China la gente compra y sale con el coche no para ir a ninguna parte, sino para exhibir su nuevo estatus. Estar en caravana ya les va bien.

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Y, como es normal, el sistema económico primero crea el problema, y luego ofrece remedio: 'car sharing', 'pooling', coche eléctrico, sin conductor, 'smart cities'... en la búsqueda de la mejora del aire que respiramos y de apaciguar las retenciones que nos hemos creado y ahora padecemos. Hemos densificado las urbes, las hemos hecho poco amables y ni la solución de pagar un potosí para aparcar encuentra remedio. De hecho, hace más desiguales las ciudades, entre los que se lo pueden permitir y los que no. Cuando no, encontramos un gobierno local que pone la directa y cierra, ahora sí para todos, la circulación. Volvemos a hacer islas de lo que nunca lo deberían haber dejado de ser, pero ahora ya con daños colaterales medioambientales evidentes.

De manera que la pandemia revaloriza las zonas externas de las ciudades por la mayor calidad de vida, obviando telemáticamente el tiempo perdido yendo y viniendo. Muestra las virtudes de fincas rurales cuando las conexiones virtuales son buenas, y nos muestra que quizá la economía de las grandes ciudades a la que estábamos abocados no era un mal inevitable.