25 nov 2020

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Editorial

Una Diada en cuarentena

Esta fiesta nacional de Catalunya en modo de pausa por la pandemia es una ocasión para reflexionar más que presionar, para replantearse errores cometidos y reconocer objetivos viables

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El Periódico

La ’senyera’ del Born de Barcelona

La ’senyera’ del Born de Barcelona / DANNY CAMINAL

En los últimos ocho años, la fiesta nacional de Catalunya ha vivido una transformación radical. Convertida en termómetro de la pujanza del independentismo, demostración de fuerza, preparación del objetivo político a alcanzar en cada fase del ‘procés’ y expresión del grado de unidad del movimiento. Con una participación que sin igualar los hitos iniciales nunca ha dejado de ser masiva. Todo ello al precio de convertir una fiesta de todos en una movilización de parte, la patrimonialización desde una opción política de un capital común de todos los catalanes.

Este año no podrá utilizarse la participación en las manifestaciones convocadas ni el tono de estas como elemento para diagnosticar cuál es el efecto, al menos en la movilización a pie de calle, de la situación de estancamiento táctico, fragmentación interna y cruce de reproches preelectorales que está marcando las últimas semanas. 

Los actos oficiales de la Diada, reducidos estrictamente a la ofrenda floral en el monumento de Rafael Casanova, y la participación, acotada de entrada a 48.000 personas y atomizada en el territorio, en las concentraciones convocadas por la ANC, vienen condicionados no por el momento político, sino también por la situación de emergencia sanitaria que estamos viviendo. Y no solo por las limitaciones necesarias ante cualquier tipo de aglomeración, reiteradas desde los servicios de Protecció Civil de la Generalitat: la conmoción que están experimentando cada uno de los aspectos de la vida social y económica del país obliga a poner la respuesta a ello en el primer orden de prioridades frente a cualquier estrategia de confrontación que ponga en peligro la respuesta eficaz a los inmensos retos inmediatos a los que nos enfrentamos. 

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Esta Diada en modo de pausa es una ocasión para intentar reflexionar más que presionar. Para replantearse errores cometidos y reconocer objetivos viables e inviables. Pero también para plantear la necesidad de respuestas que no pasen solo por seguir esperando en vano que el independentismo se rinda simplemente por agotamiento.  

El año que viene deberíamos aspirar a una Diada en normalidad. No solo porque, esperamos, se haya recuperado el control sobre la pandemia del covid, sino porque se haya conseguido recuperar el espíritu que haga de la fiesta de todos una jornada, si no unitaria, al menos de tregua y diálogo, de debate de nuevas opciones de salida para el conflicto y no de división y enfrentamiento.