La vuelta al cole

La incertidumbre programada

El curso académico es vital, sí, pero no permitamos que defina el curso político para mal

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La incertidumbre programada

CONTE

El curso 2020-21 no será un curso más, en ningún sentido, pero tampoco será extraordinario en todos.

Son muchas las incertidumbres obvias a las que nos enfrentamos: política, social y económicamente. También hay más certezas de las que nos parece en momentos de inseguridad, falta de información y aparente (y existente) semicaos. Estas primeras frases solo refuerzan la dicotomía en la que estamos instalados desde hace unos meses -en realidad, desde hace años o desde siempre, pero ahora de forma más extrema-.

Intentamos adaptar nuestras rutinas, hábitos, acuerdos de convivencia en comunidades y sociedades al constante cambio. Y, de forma puntual, a la existencia de un virus del cual apenas sabemos algo pero que nos afecta en todo. Es la incertidumbre programada, como la obsolescencia a la que compañías tecnológicas someten a nuestros aparatos y dispositivos electrónicos, quienes fabrican medias de nailon que antes eran indestructibles o quienes ponen fecha de caducidad a productos que tienen más vida. Este virus no está programado, obviamente, me refiero al contexto y la respuesta de mercados, gobiernos y grandes grupos de poder. La incertidumbre produce beneficios a ciertos sectores. El miedo, el caos, el enfrentamiento social y la polarización tiene ganadores y están listos, programados, para sacar ese beneficio. En cambio, quienes apuestan por lo contrario, quienes tienen beneficios de otro tipo o quienes, aún mejor, no los buscan, se ven dañados por situaciones como esta.

Vayamos a lo concreto: el inicio de curso no es solo académico sino político también. Estas semanas, pues, el tema principal es cómo se hace la vuelta a las aulas. También la vuelta de la política ordinaria, con sus sesiones, debates y comisiones regulares. Por el momento, la primera parece llena de dudas e incógnitas: cada comunidad autónoma ha preparado un inicio de curso con mayor o menor acierto, mayor o menor dedicación y previsión, y medidas de apoyo más o menos completas para los efectos que irán surgiendo. Todas las comunidades lo hacen con la misma falta de información científica que hay aún sobre el coronavirus.

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Se ha puesto mucho hincapié en la vuelta “segura” de la educación presencial y eso es, en gran medida, por intereses de la otra: la vuelta política. Partidos, gobiernos y oposiciones ven en la educación una de las batallas principales de este otoño. Durante el confinamiento de primavera se cerraron centros y universidades rápidamente y ya no volvimos a las aulas. Esta medida, que se aplicó también en otros países, ha obtenido resultados distintos en cada lugar. Otra incerteza, pues.

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La comunidad científica puede dar indicaciones y recomendaciones a los gobernantes pero, al final, son las administraciones públicas (locales, estatales e internacionales) quienes deciden. Los gobiernos tienen la información transversal, no solo la científica. Deben tener en cuenta más aspectos, sectores, escenarios. ¿Es correcto cerrar completamente las aulas? ¿Hay que ir hacia la llamada 'inmunidad de rebaño'? ¿Qué pasará si…? En los países en los que hay libertad de expresión, las respuestas llegaron en el minuto cero. Manifestaciones antimedidas de protección, negativas a usar la mascarilla, plataformas de acción colectiva e incluso grandes encuentros para contagiarse. Ahí hay otros virus que son también peligrosos y para los que no hay inmunidad posible: el populismo, el negacionismo, el odio, el racismo o la pobreza, por enumerar algunos. Ante esta incerteza provocada por el virus, avivada por algunos sectores políticos y económicos y multiplicada por colectivos que piensan individualmente, no hay vacuna científica.

Los efectos de la pandemia agrandan aún más las desigualdades, todas ellas. Ya está pasando en muchas ciudades europeas donde la pobreza parecía eso, “cosa de pobres” y, como tal, casi invisible. La pobreza existe y se nota en todos los ámbitos: desde la vivienda (o la falta de ella), el acceso a la educación, el tipo de trabajo y la seguridad o incerteza que conlleva, el acceso a una dieta sana y, sobre todo, la posibilidad de tener un altavoz y de ser escuchado. Ahí hay una certeza: los vulnerables serán los más dañados de nuevo. El curso académico es vital, sí, pero no permitamos que defina el curso político para mal. Que los gobernantes hagan una gestión más firme, estratégica y profesional de la crisis y que la sociedad colabore. Las incertidumbres no pueden servir para que los otros virus saquen aún más tajada de la situación.