01 dic 2020

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Análisis

La farmacéutica AstraZeneca ha decidido interrumpir un ensayo clínico para lograr una vacuna contra la COVID-19, porque uno de los participantes sufre una enfermedad potencialmente inexplicable, informó un portavoz de la compañía a medios de comunicación estadounidenses.

EFE VÍDEO

Hagamos todas las pruebas y sin prisas

Salvador Macip

La presión a la que están sometidos los científicos es comprensible pero peligrosa. Puede hacer que se vean empujados a saltarse algunas pruebas clínicas, lo que podría ser desastroso

Tenemos claro que la pandemia de covid-19 no se acabará hasta que una parte suficientemente grande de la población haya recibido una vacuna que genere anticuerpos protectores. Por eso hay tanto interés en cualquier información relacionada con las vacunas más avanzadas. El anuncio de un caso con complicaciones graves en las últimas pruebas que quedan por superar a la de AstraZeneca, desarrollada en Oxford, ha hecho saltar las alarmas. ¿Qué significa esto exactamente?

La consecuencia inmediata es que el proceso se retrasará hasta que se haya estudiado bien el caso. Aún no sabemos si el problema lo ha causado la vacuna y, de ser así, si es excepcional o se debe esperar con cierta frecuencia. No nos podemos permitir efectos secundarios importantes, ni que sean rarísimos, porque la vacuna se debería dar a miles de millones de personas. La cantidad final de afectados podría ser muy elevada.

¿Es el fin de la esperanza de tener una solución en los próximos meses? No necesariamente. Debería ser el fin de las prisas. La presión a la que están sometidos los científicos es comprensible pero peligrosa. Puede hacer que se vean empujados a saltarse algunas pruebas clínicas, lo que podría ser desastroso. Esto es lo que ya han anunciado que les ha pasado a Rusia y China: han aprobado tres vacunas (la Spunitk V los primeros y de CanSino y Sinovac los segundos) sin haber superado la fase 3. Los ciudadanos podrían estar recibiéndolas sin las garantías mínimas. Sin embargo, no nos consta que todavía nadie haya vacunado, pero conociendo la transparencia habitual de estos países, no debería extrañarnos nada.

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El parón temporal de los tests de la vacuna de Oxford tiene dos cosas positivas. Primera, nos demuestra que la fase 3 es necesaria. Normalmente, los efectos adversos que solo aparecen ocasionalmente no se detectan en las primeras dos fases de los estudios, porque el fármaco se da a poca gente. Solo cuando el número de voluntarios se amplía a miles podremos saber si existen estos síntomas raros. Segunda, nos dice que los protocolos funcionan: si hay un posible problema, se detecta. Una conclusión importante a estos puntos es que, cuando una vacuna supere esta fase final, se podrá administrar con tranquilidad.

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Continuamos, pues, pendientes de los datos de los diversos estudios clínicos en marcha, pero con paciencia. Las vacunas estarán listas cuando lo tengan que estar. Puede que alguna se quede por el camino, pero hay suficientes alternativas (nueve actualmente en fase 3, y cinco más en fase 2) como para confiar en que al menos una llegará al final de la carrera con éxito. Si esto pasará en noviembre, o en enero, o en abril no lo puede predecir nadie.

Por eso no tiene sentido anunciar ahora cuándo se podrán administrar las primeras dosis. Esta información no la sabemos. Poner fecha de entrega a la vacuna solo confunde y hace que te sientas estafado si las cosas no funcionan, que es uno de los resultado posibles. Tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre, por incómodo que sea, exigir que se hagan las pruebas sin prisas y no caer en triunfalismos antes de tiempo.