28 sep 2020

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BARRACA Y TANGANA

Leo Messi.

Tanto caso

Enrique Ballester

Hay gente que no sabe qué cenará esta noche, pero sabe qué pasa por la cabeza de Messi

Esto no es otro artículo sobre Messi, pero algo habrá que escribir de Messi. Lo de decir que te vas pero al final quedarte lo hemos hecho todos. Sobre todo de adolescentes, alguna vez: te enfadabas con tus padres y amenazabas con marcharte de casa. Luego hacías cuentas, veías que no era tan fácil y te lo pensabas mejor. No llegabas ni a cruzar el umbral de la puerta.

El caso es que ahora todos debemos compartir nuestra opinión sobre Messi. Hay gente que te explica por qué se queda de la misma manera que te explicaba hace unos días por qué se iba. Hay gente que no sabe qué cenará esta noche, pero sabe qué pasa por la cabeza de Messi. Ya sabe incluso qué ocurrirá la próxima temporada, si se arrastrará por el césped o si ganará el triplete. Ayer la misma persona me dijo las dos cosas, una un rato después de la otra, y estoy seguro de que la próxima vez que quedemos, en el verano del 2021, me recordará que ya me había avanzado él lo que iba a suceder con Messi.

Mi amigo se quejó también de los periodistas, y me dijo que si Messi hubiese pedido irse de la Ponferradina, y no del Barça, no le habrían hecho tanto caso, y es verdad, porque si Messi hubiese pedido irse de la Ponferradina habríamos llamado a un médico para ver qué le pasaba, porque tendría algún tipo de problema mental, porque no tiene Messi ningún contrato con la Ponferradina.

Un último baile particular

En fin, existir es de lo más cansado. No solo hay que saber de Messi, hay que saber de todo. De la vuelta al cole opinan hasta aquellos que pensaban que escolarizar a tus hijos era ponerles partidos de los equipos de Scolari. La escolarización obligatoria: ver el Mundial de Brasil del 2002, el de Scolari, al completo. Dejadme a mí los planes de estudios.

El freno de mano de Messi abre la rendija para que el Barcelona viva su particular último baile. Creo que el 'momento Jordan' es lo único que echo de menos del confinamiento. Cada lunes de madrugada, con los demás durmiendo en casa, con mi tarrina de Magnum Praliné y las luces apagadas me tragaba feliz el doblete de episodios de The Last Dance, la docuserie sobre el último anillo de los Bulls de Michael Jordan, que queda como un auténtico psicópata -y me parece estupendo-. Cuando emitieron el capítulo de su primer campeonato y Jordan se abrazó emocionado al trofeo, Lebron James tuiteó que se sentía identificado con ese momento. Lógico, yo en cambio empaticé más con Rodman, cuando lo sacan de la cama para ir a entrenar con resaca, pero mejor hablar de otra cosa.

Mi secuencia favorita asoma en el tramo final. Kerr narra el asesinato de su padre, el refugio que halla en el baloncesto, la bendición y el respeto que se gana de Jordan y la canasta decisiva en el título del 97, una historia redonda. Entonces acaba el partido, son otra vez campeones y enfocan a Kerr, que mira al cielo al borde del llanto y alza los brazos, los baja y ¿a quién tiene a su lado para abrazar? A la mascota. A la puta mascota de los Bulls. La vida entera está en esa secuencia, quizá sin querer y a la vez: tragedia, drama y comedia. Me acordé al ver a Messi en chanclas en su solemne anuncio de continuidad. Tanto caso, decía mi amigo: es imposible tomarse en serio la vida.

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