opinión

Referéndum racista de Trump

Trump ha situado la campaña electoral ahora donde más de conviene, la ciénaga de un clima social cada día más degradado por los prejuicios raciales, la brutalidad policial cada vez más frecuente y las imágenes de vandalismo nocturno en algunas ciudades

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Donald Trump en una imagen del pasado mes de abril.

Donald Trump en una imagen del pasado mes de abril. / AFP / MANDEL NGAN

Da la impresión de que Donald Trump ha situado la campaña electoral allí donde le conviene: en la ciénaga de un clima social cada día más degradado por los prejuicios raciales, la brutalidad policial cada vez más frecuente y las imágenes de vandalismo nocturno en algunas ciudades. En este lodazal se mueve el presidente como pez en el agua con sus apelaciones al restablecimiento de la ley y el orden, sin una sola referencia a las víctimas y una defensa de diferentes policías rayana en la inmoralidad. Creen Trump y su entorno que este es el camino más seguro para recortar la distancia que Joe Biden le sacaba en las encuestas antes de la convención republicana, pero esta presunción la ponen en entredicho varios sondeos hechos los primeros días de esta semana en los que el candidato demócrata saca al republicano entre siete y diez puntos de ventaja en intención de voto.

Cierto es que mientras estalla la protesta en la calle y se multiplican los casos que la alimentan –el último conocido, el de Rochester (Nueva York)–, la incitación al voto del miedo es más fácil, pero es difícil que logre desvanecer la sensación de fracaso, improvisación y demagogia practicadas por Trump en la gestión de la pandemia –180.000 muertos– y la realidad económica, con cifras de paro mareantes. En este frente, los dos meses que faltan para la elección presidencial son muy poco tiempo para que la Casa Blanca se saque de la chistera amortiguadores sociales ahora inexistentes para millones de personas y, aún más improbable, que se noten sus efectos.

Segundo mandato

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Cuando economistas como Paul Krugman vaticinan la derrota de Trump lo hacen a partir de la convicción de que el recurso al racismo y el llamamiento a la comunidad 'wasp' (blanca, anglosajona y protestante) serán insuficientes para ocultar la devastación provocada por la pandemia. Es este un argumento razonablemente convincente, que espolea a los demócratas, pero lo es aún más el hecho de que personalidades relevantes del mundo conservador como Bill Kristol presenten un segundo mandato de Trump como algo “muy peligroso” para la sociedad estadounidense. Son los mismos conservadores que dan por hecho que el Partido Republicano dejó de existir como tal hace tiempo, aunque conserve el nombre; son los mismos conservadores que comparten el hartazgo liberal y la sensación de que algo profundamente insano se ha adueñado del poder.

La opinión de Richard North Patterson, miembro del think tank Council on Foreign Relations, es el reverso de la medalla: llama a las próximas elecciones “el referéndum racista de Trump”, un referéndum que no debería ganar, pero que puede ganarlo habida cuenta el sentimiento que anida en una parte aún importante de la sociedad estadounidense y el peso de la historia, de ahí la necesidad de los candidatos de acudir a Kenosha para sacar partido al estupor de muchos ciudadanos (Trump) o para sofocar el incendio (Biden). De lo que cabe deducir que la única certidumbre de campaña es que el presidente cruzó hace tiempo el Rubicón racial y no dará marcha atrás.