El regreso a la rutina tras las vacaciones

Huir de la ciudad

La gente, las aglomeraciones y los desconocidos nos asustan, tenemos la sensación de que evitar el contagio aquí es más difícil

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Huir de la ciudad, por Eva Arderius, ilustración Conte.

Huir de la ciudad, por Eva Arderius, ilustración Conte. / CONTE

Hacía años que no descansaba tanto como este verano. El lugar más lejano donde he ido estaba a cuatro horas en coche de casa. Y no soy la única. Las vacaciones del 2020 han sido unas vacaciones de proximidad, de kilómetro cero. Después de lo mal que lo pasamos con el confinamiento, teníamos bastante con ver el mar o la montaña y coger aire. Las hemos vivido intensamente. Había la sensación de que teníamos que aprovechar y saborear cada momento al máximo, como si estuviéramos viviendo al límite, en tiempo de descuento, y en cualquier momento pudieran volver a encerrarnos. Hemos buscado destinos cercanos, hemos cocinado más porque hemos comido más en casa, hemos hecho menos cosas, hemos tenido el lujo de vaciar nuestras agendas. Nos hemos cuidado más. Lo necesitábamos.

Por eso, ahora que llega septiembre, la vuelta a Barcelona se nos hace más dura que nunca. Tenemos menos ilusión por el trabajo, algunos proyectos laborales no saldrán y muchos negocios tendrán que decidir si echan el cierre. No habrá encuentros con los amigos como los de antes, ni la fiesta mayor de Barcelona, la Mercè, será como la recordábamos. La ilusión que maquillaba el final de las vacaciones también ha desaparecido este año.

Este año no apetece volver

Volver a la ciudad es volver al problema que habíamos medio olvidado durante estas últimas semanas. Tenemos que rehacer nuestra vida cotidiana con la interferencia brutal que supone el coronavirus. ¿Cómo nos vamos a mover, cómo nos irá en el trabajo y en la escuela? Problemas individuales y problemas colectivos. La ciudad lo amplifica, todo se hace más grande y duro. Barcelona se ha convertido en un lugar donde nos sentimos más inseguros, y por primera vez esta palabra no tiene que ver con que te roben el móvil o la cartera. La gente, las aglomeraciones y los desconocidos nos asustan, tenemos la sensación de que evitar el contagio aquí es más difícil. Por eso, ni a los más enamorados de Barcelona nos apetecía volver este año.

Estos días leí los tuits que escribía una barcelonesa. Explicaba que estaba más triste que nunca por dejar su pueblo de origen y de veraneo. Se había refugiado allí todo el verano y ahora volvía a Barcelona pero sin sus padres, los había dejado allí. Piensa que es un sitio más seguro para ellos, especialmente si hay otra ola parecida a la de marzo. Todos seguimos nuestras estrategias. Algunos buscan un lugar seguro para los más vulnerables, otros directamente han convertido su segunda residencia en la primera. Los que pueden se asegurarán un sitio para escapar los fines de semana. Un plan B para salir a respirar por caminos solitarios donde te puedas quitar la mascarilla de vez en cuando y donde te puedas confinar. Aunque sea saltándote la ley. En la Costa Brava ya hay agencias inmobiliarias que promocionan apartamentos de alquiler por temporada con buen wifi y mesa de trabajo. Ahora el lujo ya no es vivir en la ciudad y asumir los alquileres altísimos, sino poder marcharse cuando se quiera. Las cosas están cambiando.

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Lo contaba el escritor y emprendedor James Altucher en un artículo sobre Nueva York en su blog personal. La ciudad americana se está vaciando, la gente prefiere irse a vivir fuera y esta tendencia se podría aplicar también en Barcelona. Si la ciudad ya no te ofrece todo aquello por la que la elegiste, ¿por qué quedarte y seguir pagando un precio tan alto por vivir en ella? Si no hay ocio, si no puedes salir, si el transporte público ya no es una buena opción, si no hace falta que vayas al trabajo porque puedes teletrabajar, las razones para vivir aquí, en caso de poder escoger, disminuyen.

Estos días se ha hablado mucho del paseo de Gràcia y del centro de Barcelona como ejemplos de los estragos que ha provocado la pandemia, el vacío turístico es muy llamativo, pero hay otros síntomas en barrios como el 22@, el distrito tecnológico de la ciudad. Allí, estos días, se sigue construyendo un edificio de oficinas, un 'coworking', que difícilmente se llenará. Se planificó muchos meses atrás. Se construye un edificio mientras los que hay al lado se han quedado vacíos. Los que se han esfumado no son los turistas, sino los trabajadores de las empresas que llenaban las calles y los nuevos restaurantes que se habían abierto en la zona. Cada día parece domingo. Lo que pasa en este barrio del Poblenou muestra un cambio mucho más profundo. Muestra que las nuevas formas de vida nos traerán otra ciudad. Ahora justo nos estamos recuperando del golpe y asumiendo que la vida como la entendíamos antes tardará en llegar, si es que llega.