28 oct 2020

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CONVIVIR EN TIEMPOS DEL COVID

Unos jóvenes hacen botellón, sin respetar las medidas sanitarias anticovid, en una plaza de Barcelona, el pasado 2 de agosto.

MANU MITRU

¿A qué jugamos?

Núria Iceta

El juego forma parte de la experiencia humana y por lo tanto debe estar sometido a unas normas que deben hacer posible la vida en sociedad

En estas semanas de tiempo suspendido entre el pico de la pandemia, el posconfinamiento y el inicio de temporada, la ciudad parece jugar al escondite con el virus y sus consecuencias. Mientras hay tercos, irresponsables, ignorantes -con y sin conocimientos- que dan una rabia tremenda, la mayoría intentamos seguir las reglas del juego.

Este virus no es ningún juego, aunque estemos sometidos a un cierto ensayo-error en medidas políticas y sanitarias. Jugamos tanto que no tardamos ni una semana en hacer de las mascarillas un complemento de moda (a veces pienso que si las hubiéramos podido hacer homologadas y obligatorias antes ahora se verían más seriamente de lo que las ven o lucen algunos). Por la calle, veo un hijo que intenta hablar con su madre a través del cristal de la puerta de la residencia y ambos ríen, pero a mí se me hace un nudo en la garganta. También se me hace, pero de rabia, con las imágenes de unas reuniones a las que llaman fiestas pero que son ruletas rusas, para los que participan en ellas y para todos nosotros. El juego forma parte de la experiencia humana y por lo tanto también debe estar sometido a unas normas de convivencia que deben hacer posible la vida en sociedad.

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El asfalto se ha teñido de pinturas de colores para marcar espacios por donde sí y por donde no pueden pasar peatones, ciclistas y coches en un esfuerzo loable para hacer de la distancia una oportunidad para la "pacificación" del tráfico. Secundo la mayoría de medidas, pero no puedo dejar de pensar en los límites entre el paternalismo y el empoderamiento. El ejemplo de la reducción al absurdo es una charranca institucionalizada, pintada en el suelo en el espacio de la calzada ganado a los coches frente a una escuela. ¿Dónde queda la tiza, el juego que empieza en el mismo acto de dibujar los recuadros, en la magia de la lluvia que los borra y obliga a pintarlos de nuevo o, sencillamente, a jugar a otra cosa? La escuela debe ser también un espacio de libertad para jugar a lo que te dé la gana. Confiemos que nuestros chavales lo puedan hacer durante todo el curso.