27 sep 2020

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EL PESO DE LA MEMORIA

Cuando esto sea una historia, por Rosa Rivas, ilustración de Anna Baquero.

ANNA BAQUERO

Cuando esto sea una historia

Rosa Ribas

Dentro de un tiempo, espero que no muy largo, hablaremos en pasado de la pandemia y construiremos el relato de nosotros en los tiempos del virus

La memoria hace cosas muy extrañas. Hace unos días, mientras estaba trabajando, vi por la ventana de mi estudio que una paloma se posaba sobre una rama demasiado joven para el peso del pájaro y, por una asociación de ideas que solo se puede entender a posteriori, me sorprendí diciendo: "¡Mátalos, Turú!".

Me imagino que la mayoría se estará preguntando quién o qué es Turú. Pero que en la cabeza de algunos, seguramente nacidos en los 60, habrá sonado un graznido maligno. Porque Turú es un pterodáctilo. Para más señas, un pterodáctilo amaestrado que apareció en un episodio de una serie de dibujos animados que se llamaba 'Jonny Quest'.  Una serie que veía a la hora de la merienda cuando tendría 11 o 12 años. Hasta entonces los dibujos animados eran historietas cómicas, pero aquí se trataba de las aventuras de una niño de unos 11 años, Jonny, de ahí el título, que viajaba por todo el mundo con su padre, el doctor Benton Quest, un famoso científico (ahí aprendí que no todos los doctores son médicos); un piloto con pinta de galán y un nombre, Race Bannon, que dejaba claro que era un aventurero; un niño hindú, Hadji, que llevaba turbante, es decir, elemento exótico, y un perro con cara de tonto, Bandido, que aportaba el contrapunto cómico. Como ven, todos los elementos del relato de aventuras.

Desde momias hasta arañas mecánicas

Los dibujos de 'Jonny Quest' eran algo rígidos, las aventuras, cortadas todas con el mismo patrón, pero salían todo tipo de monstruos, desde momias hasta arañas mecánicas, y escenarios exóticos. A esa edad no se suele pedir mucho más. Viendo la nómina de protagonistas, salta a la vista que no había chicas. Pero, teniendo en cuenta los roles que solían tener en este tipo de aventuras, gritar y tropezar en el momento más inoportuno, casi era mejor así. Las niñas de mi generación se educaron sin mujeres aventureras, nuestros referentes fueron casi todo masculinos, de modo que o te identificabas con Jonny o con el algo más místico Hadji.

Pero volvamos al pterodáctilo. Lo tenía amaestrado un anciano malvado (el villano) que iba en silla de ruedas y que lo usaba para someter a unos indígenas que esclavizaba en una mina. Cuando alguno se rebelaba, el anciano ordenaba: "¡Mátalo, Turú!". Y pasaba lo que tenía que pasar.

También era lo que tenía que pasar que los buenos vencieran y Turú acababa cayendo en un volcán, al que se arrojaba el villano para morir con su criatura. Por lo menos así lo recuerdo.

Recuerdo de una generación

Pero lo curioso es que el pterodáctilo Turú y el grito de su malvado dueño no solo se me quedó grabado a mí en la memoria desde que lo vi con 10 u 11 años. Tras acordarme de estas dos palabras, gracias a una paloma con sobrepeso, busqué en internet y descubrí que hay mucha gente de mi generación que se acuerda de ellas, encontré el corte de los segundos en el que el malo dice lo de "¡Mátalos, Turú!" en Youtube, me di cuenta que lo cita mucha gente en las redes sociales. Encontré incluso un programa de radio en Uruguay que dedica un episodio completo al pterodáctilo.

Esta frase y el monstruo Turú son parte de mi memoria personal y, ahora lo sé, también de la memoria compartida de mi generación. Son parte de este relato que vamos escribiendo y reescribiendo incesantemente que es nuestra memoria. Que somos nosotros, porque nos creamos en el relato que hacemos y contamos de nosotros mismos.

Hoy estamos todos, el mundo entero, sometidos a un monstruo microscópico, pero dentro de un tiempo, espero que no muy largo, hablaremos en pasado de él, de la pandemia, construiremos el relato de nosotros en los tiempos del virus. Como en todo relato de la memoria, algunos hechos puntuales serán hitos de la narración "el día en que…", "la vez aquella en que me pasó…", "la noche en que…", "cuando llamó…", "cuando salí…". Mientras que las repeticiones seguramente se compactarán en bloques, "tres meses sin salir de casa", "semanas sin ver a nadie", incapaces de dar cuenta del encierro, de la monotonía, de la rutina, de la estrechez, de la soledad. Pero lo contaremos lo mejor que podamos.

Ahora todavía estamos inmersos dentro de esa realidad que algún día convertiremos en relato. Y aún podemos determinar cómo queremos aparecer en él. Si queremos ser los buenos o los villanos de la película. A mi entender, en esta historia los buenos son los solidarios, los que, aunque están hartos, cansados, agotados, siguen teniendo cuidado por ellos y por los demás, los que son considerados con los más frágiles. Se trata de que, cuando nos recordemos en los tiempos de la pandemia, no tengamos que callar fragmentos porque nos avergüenzan. Bastante lo están haciendo ya muchos políticos.

Es verdad que todavía no sabemos cuándo, pero llegará el momento en que hablaremos de esto en el pasado y podremos contar el relato de nosotros en la pandemia. ¿Cómo queremos salir en él?