30 sep 2020

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Torra y Puigdemont, en Bruselas en febrero del 2019.

EUROPA PRESS

Catalunya, en deriva inestable

Joan Tapia

El independentismo pierde apoyos, pero según las encuestas puede mantener su actual (y escasa) mayoría parlamentaria

El jueves se confirmó que la coalición PNV-PSE seguirá gobernando Euskadi. Dos partidos sacrifican algo sus distintos planteamientos nacionales para ser mayoría y gobernar desde la centralidad que une. El PNV prefiere la estabilidad con el PSOE a la aventura con Bildu, con el que también tendría mayoría. Euskadi, pactista, no es Catalunya, donde el independentismo marca los límites de todo.

Euskadi elige estabilidad y Catalunya se encamina a unas próximas elecciones en deriva inestable. El 'president' Quim Torra afirmó en enero que su Gobierno no daba más de sí y que convocaría elecciones tras los Presupuestos. Ahora parece que, siguiendo la voluntad de su jefe Carles Puigdemont, las elecciones se retrasarán a febrero.

Puigdemont quiere que Torra no convoque elecciones, y retrasarlas hasta febrero, para consolidar su partido y vencer a ERC

Torra no disolverá en septiembre, antes de ser inhabilitado por el Tribunal Supremo, como parecía inevitable, sino que escenificará resistencia. Luego JxCat propondrá elegir otro presidente y usará el 'no' de ERC para volver a acusarla de traidora. Tras dos meses de 'impasse' en la elección de presidente (si ERC no se rinde), las elecciones se celebrarían, tras otros 55 días de campaña electoral, en febrero.

en los seis meses que quedarían hasta entonces el partido de Puigdemont se habría afianzado en el territorio frente al PDECat y el PNC que quieren revivir la antigua Convergència, ERC habría perdido peso y España se adentraría en la crisis de la Monarquía, económica y sanitaria. Entonces, Puigdemont podría llegar el primero, cuando ahora, y según el CEO (el CIS de la Generalitat), ERC sería la primera fuerza y JxCat quedaría segunda en diputados, aunque el PSC casi le rozaría los talones en votos.

Seis meses más por delante

Así, el esquema de Puigdemont, que tiene en sus manos (las de Torra) la disolución del Parlament, apunta a seis meses más de un Gobierno inoperante. Eso suponiendo que en febrero pudiera haber un Gobierno con estabilidad. Cosa difícil tanto por la desunión separatista como porque un Gobierno catalán estable exige cierta coexistencia pacífica con el de Madrid.

La guerra de tribus entre republicanos y los grupos que vienen de la antigua CDC impide una estrategia común del soberanismo

¿Por qué está Catalunya en esta deriva inestable? Porque -aunque suene imposible- el independentismo ha perdido, pero a la vez ha ganado. Según la encuesta del CEO de julio, solo el 42,5% (mucho) desea la independencia frente al 50,5%, que no la quiere. Catalunya sigue partida en dos, pero la mitad independentista pierde gas. Por eso, y porque España no lo permitiría, la independencia -al menos a corto- es imposible. El independentismo pierde. Pero no del todo, porque el 50,4% de los encuestados creen que los catalanes tienen derecho a decidir su futuro en un referéndum (y el 28% está bastante de acuerdo). Y además el 61% opina que la autonomía actual es insuficiente.

El resultado es que las encuestas -no solo la del CEO- dan una mayoría a las tres formaciones independentistas -ERC, JxCat y CUP- de un mínimo de 69 escaños cuando la mayoría absoluta es de 68. El PSC sube bastante, a coste de Cs, pero se quedaría en 24 diputados. Solo la hipotética emergencia parlamentaria de una alianza de los exconvergentes contarios a Puigdemont alteraría las cosas.

Dividido, enfrentado y sin hoja de ruta

Lo más probable, pues, es que el independentismo -aunque la idea no prospera- revalide su mayoría, aunque sin rebasar el 48,7% de los votos (CEO 'dixit'). El problema añadido del independentismo -que cuenta mucho en la deriva de Catalunya- es que está dividido, enfrentado y sin hoja de ruta.

ERC cree que la prioridad es ampliar el electorado soberanista gobernando de forma eficiente, lo que obliga a negociar con Madrid. Puigdemont afirma que la negociación es imposible y apuesta al choque con el Estado para incrementar la desafección.

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ERC propone una "negociación inteligente", y Puigdemont, la "confrontación inteligente". Pero ¿qué es una "confrontación inteligente"? ¿Volver a repetir el fracaso del 2017 y la subsecuente paralización de Catalunya? Por eso exconvergentes realistas del PDECat y del PNC estarían más cerca de ERC que de Puigdemont. Pero no osan verbalizarlo porque son de la tribu convergente (como Puigdemont). Y ERC no se atreve a asumir que la negociación inteligente es la moderación sin complejos -y por eso acabó no votando los estados de alarma y es difícil que vote los Presupuestos-, porque teme regalar unos 200.000 votos a la tribu de Puigdemont. Y la guerra de tribus entre ERC y la antigua CDC (todas las tendencias unidas) es otra característica de la Catalunya a la deriva.

Catalunya está en deriva hacia no se sabe dónde, lo que enmaraña gobernar España. Con todo, lo peor es que los dos grandes partidos estatales no son capaces de acordar nada. Y Catalunya es la madre de los desencuentros.