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El misterio de las películas que desaparecen

Creemos que lo tenemos todo a mano, que disponemos de algo así como la versión digital de una colección apabullante de películas en soporte físico y, en realidad, no tenemos nada

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Un fotograma de ’Seinfeld’

Un fotograma de ’Seinfeld’

"¿Me dices en serio que la han quitado?". Las plataformas y servicios de alquiler en línea nos están dando muchas alegrías, pero también unos cuantos disgustos. ¿Por qué mi serie favorita no está en ningún sitio? ¿Por qué la que más ganas tengo de ver está disponible en otros países y aquí no? ¿Por qué solo hay tres películas, normalmente las flojas, de directores fundamentales? ¿Cómo puede ser que me hayan vuelto a colar un clásico en versión doblada? ¿En serio no hay una copia mejor de esta película que parece el ripeado de un VHS? ¿Por qué la serie que estaba en la plataforma que pago –pienso en las codiciadas 'Seinfeld' y 'Friends'– ahora no está o está en una que no tengo? De todas esas decepciones hay una que me molesta especialmente: cuando una plataforma retira una serie o una película sin avisar, algo que pasa a menudo. ¡Cómo que ya no está! ¡Pero si ayer estaba!

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Es evidente que hay una explicación a todas esas cosas, que todo (o casi) es cuestión de derechos de explotación y, así en general, de pasta. En relación a la desaparición inesperada de películas, sé que no hay nadie al otro lado de la pantalla haciéndome luz de gas… aunque a veces me he rayado más con eso que con lo del software espía del móvil. ¿Soy la única que ha pospuesto en voz alta sus planes de ver una película y al día siguiente ya no estaba? Pero, sabiendo que no es un plan maestro para darme la noche, cuando esto último pasa no puedo evitar acordarme de lo insignificantes que somos frente a la inmensidad de los cambios (los acuerdos entre conglomerados empresariales, las guerras del 'streaming', las negociaciones para ponerle precio a nuestras ganas de alquilar 'online' un 'blockbuster'). Creemos que en este nuevo contexto lo tenemos todo a mano, que disponemos de algo así como la versión digital de una colección apabullante de películas en soporte físico (¡sin tener que comprarlas o ir a Ikea a por más estanterías!) y, en realidad, no tenemos nada.

Nada es realmente nuestro aunque paguemos varias suscripciones. Nada es perdurable. Y, sin pretender ponerme a llorar abrazada a un DVD, saber que nuestra relación con las películas se ha vuelto tan aleatoria y volátil me da un poco de vértigo

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