ANÁLISIS

Esto huele a final, 'president'

El adiós de Messi no tenía que ser así, y ese es un fracaso sin paliativos

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Messi se seca el sudor de la camiseta en un partido en el Camp Nou.

Messi se seca el sudor de la camiseta en un partido en el Camp Nou.

Es el final, president. O se le parece mucho. No se puede resistir contra Messi. Se puede contra la oposición, siempre dispuesta al tackle a la que salta. Se puede contra los columnistas, siempre afilando la metáfora ponzoñosa. O se puede contra los directivos incómodos: que se vayan y ya está. Contra Messipresident, no se puede. Esta no es la típica escandalera que se va a aguar con unas sonrisas afables y una entrevista en BarçaTV. Aquí no hay estatutos en los que parapetarse.

Entre Messi Bartomeu, cabe sospechar que la mayoría va a estar con Messi. No parece que la gente lo entienda como un pulso al Barça. A estas alturas, el pulso se interpreta como algo personal. Y esa es una mala noticia para el mandatario. A ver cómo se sale de esta, si es que hay salida…

Y no es que el argentino se haya lucido con el burofax. Tan feo parece liquidar a Luis Suárez, tercer máximo goleador de la historia del Barça, con un telefonazo rápido, como desvincularse del club de toda una vida como quien cambia de compañía de telefonía móvil.

El presidente, pese a su encomiable resiliencia, está contra las cuerdas como nunca. La perplejidad se expandía ayer por los pasillos del Camp Nou. En el contrato de Messi, se subrayaba, la cláusula que le permitía irse gratis expiraba el 10 de junio. Si es así, los asesores del argentino entenderán que el pulso se gana por las ramas, por letra pequeña o apelando a un espíritu borroso de lo escrito en una temporada rara y que permite excepciones.

En cualquier caso, vociferaron con un frío y silencioso burofax que el enojo de Messi no es calentón de un día y que no tiene marcha atrás. Es de intuir que su padre Jorge habrá recibido alguna propuesta firme, suculenta y de su agrado para detonar semejante artefacto.

Sin estímulos

El club ha calculado mal el grado de amistad de Messi y su familia con la de Suárez. Le impone levantar la base de Castelldefels, desbaratar un estilo de vida, y el argentino no desea quedarse como el último guardián, ni hacer nuevas amistades eternas.

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No ve tampoco como contrapartida un proyecto que le estimule. Ronald Koeman, contratado como un pistolero profesional para eliminar a los cuatreros del poblado, ha vaciado su cargador rápido y expeditivo. Marcial Lafuente Estefanía no escribió un personaje tan diligente. Pero su ascendencia sobre el culé de mediana edad no es compartido por Messi, que entre la fidelidad a su amigo o al club, opta por el primero. Quizá porque los gestores del club no le merecen ya más credibilidad.

Bartomeu ha fracasado en aquel principio básico que incubó Guardiola. Hay que tener a Messi contento. No se puede decir que no lo haya intentado. El contrato es monumental, como se sabe. Pero con intentarlo no basta. Hay que saber. Y Bartomeu no ha sabido. Y lo que más temía, convertirse en el presidente con el que se marchó el mejor jugador del mundo, está a punto de hacerse realidad. Una funesta realidad. Ahora empezará una batalla legal entre abogados. Esperemos que no sea desagradable de ver. Pero, president, esto huele a final. A todos les tiene que llegar. Y el de Messi no debía ser así.