EL LABERINTO CATALÁN

Así, no

Si los independentistas aspiramos de verdad a avanzar, debemos asumir que empeñarse en repetir los errores del pasado más reciente solo nos llevará a más dolor colectivo

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El ’president’ Quim Torra entra en el salón de plenos del Parlament, el pasado 8 de julio.

El ’president’ Quim Torra entra en el salón de plenos del Parlament, el pasado 8 de julio. / ACN / GERARD ARTIGAS

La 12ª legislatura agoniza. Entre la retórica y la gestualidad, una gestión gubernamental discreta en el mejor de los casos, con 'consellers' esforzados y voluntaristas, pero limitados por la provisionalidad en la que el Govern quedó congelado cuando la lógica de la restauración y la transitoriedad se impusieron, los meses han ido pasado. Y después, con la llegada del coronavirus, la emergencia se impuso y la vida de todos se trastornó. El país afronta una gravísima crisis económica y social, que llueve sobre mojado cuando todavía no hemos curado todas las heridas de la gran recesión que se inició en el 2009. Las palabras grandilocuentes suenan aún más vacías cuando no conectan con la vida de la gente.

Algunos se empeñan en proponernos en seguir haciendo lo mismo que han hecho hasta ahora. Nos hablan de mantener la confrontación institucional, el bloqueo político y la polarización ideológica del país entre dos bloques. Nada de esto ha sido útil nunca en la historia de Catalunya. Tampoco lo ha sido ahora. No somos más libres, ni tampoco hemos hecho crecer más adhesiones a la causa de la libertad nacional de Catalunya que aquella que teníamos antes de octubre del 2017. Tampoco el sentimiento de pertenencia, imprescindible para cualquier movimiento de liberación nacional, ha crecido. Más bien lo contrario. Un segmento no menor de los catalanes se han alejado de una idea compartida de la catalanidad y han encontrado refugio y seguridad en una identidad que rechaza los ideales comunes durante décadas del catalanismo (autogobierno, lengua, cohesión). Y el país que tenemos, con toda su complejidad identitaria, no se permitió el lujo de expulsar a nadie de una mínima catalanidad compartida.

El autogobierno, más débil

El autogobierno hoy es más débil, no solo por las políticas centralizadoras de los gobiernos españoles, que también, sino porque aquellos que deberían aprovechar al máximo, ahora sí con inteligencia, eficacia y competencia, todas las capacidades de las instituciones de autogobierno, han preferido menospreciarlas y someterlas a un enorme desgaste en busca de un hipotético beneficio partidista. Lo hemos acabado de ver hace unos días con los intentos de descargar en los máximos funcionarios del Parlament las consecuencias legales de la política de confrontación entre el Estado y la Generalitat, en lugar de proteger los servidores públicos de los embates del Tribunal Constitucional.

La independencia es una demanda democrática y legítima. Y necesaria, sobre todo cuando desde el Estado no solo no hay ninguna propuesta de reconocimiento nacional y poder político y financiero para Catalunya con la ambición de que el país históricamente ha reclamado y requiere, sino que la práctica política concreta de los gobiernos españoles ha ido en la dirección contraria. Pero si los independentistas aspiramos de verdad a avanzar, es muy obvio que empeñarse en repetir los errores del pasado más reciente solo nos llevará a más dolor colectivo, más debilidad institucional, más confrontación partidista, menos cohesión social ... con evidentes consecuencias en términos económicos y sociales para el país, claro. Y así, no. No es ni inteligente, ni útil, ni capaz de hacernos progresar como sociedad.

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Lo que nos conviene es justamente lo contrario. Fortalecer las instituciones catalanas, gobernar bien, ordenar el país, cooperar y colaborar para afrontar la crisis económica y social adentro de Catalunya adentro y afuera de Catalunya, persistir en el camino del diálogo, la democracia y el respeto a las leyes por parte de los gobernantes, como fórmula para buscar un acuerdo político sobre el futuro del país, federalismo europeísta como horizonte, son las buenas vías. Claro que no es fácil ni sencillo y pide mucha buena política.

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Y, ciertamente, las cárceles de los líderes sociales y políticos independentistas, que sobre todo son injustas e injustificadas, como previsiblemente acabará sentenciando Estrasburgo, son también un enorme obstáculo político para un programa alternativo a los que nos proponen los partidarios del "cuanto peor, mejor". Ahora el Gobierno español tendrá una oportunidad de oro para empezar a corregir, mínimamente, tanta injusticia, con los indultos que se han pedido y se pedirán por parte de la sociedad civil.

Y en Madrid, deberá, de manera absolutamente determinante, haber también liderazgos sociales y políticos dispuestos a arriesgar, a recuperar la confianza rota de Catalunya, a aceptar que la judicialización no ha resuelto ningún conflicto político y que el denominado 'procés' ha sido una nueva expresión de lo que Vicens Vives afirmaba era el rasgo definitorio de los catalanes, que no es otro que la voluntad de ser.