sector en crisis

Las lecciones de un verano sin turistas

Se ha visto que el turismo interior no era tan débil: los que lo despreciaron, han sufrido este verano

Deberá redimensionarse a la baja la oferta turística, empezando por las empresas de menos valor

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Turistas franceses ante La Pedrera, en Barcelona, este mes de agosto.

Turistas franceses ante La Pedrera, en Barcelona, este mes de agosto. / MANU MITRU

Dos trimestres que han cambiado definitivamente el sector turístico, el comportamiento de los viajeros y la percepción del mundo del ocio. En la montaña, en el interior, en alguna zona litoral de Catalunya salvarán más o menos la temporada. Lo atestiguan las colas al entrar en los supermercados en Viella, en Puigcerdà o en Palamós, por citar solo algunos casos; la buena ocupación de los cámpings en general; el número de semanas de alquiler de apartamentos en determinadas zonas costeras, o el uso de las playas, rutas y senderos. Todo ello, gracias a los cuatro franceses mal contados, a los valencianos siempre fieles, y sobre todo a los nativos que han convertido las segundas residencias en destinos refugio, a medida que vivíamos el bochorno de ver cómo nos cerraban las fronteras de la mayoría de los países que otrora abrían sus compuertas durante estos meses. 

No ocurre lo mismo con la industria cultural –teatro, museo, cine, música, fiestas–, ni con la del ocio –espectáculos, relax, aguas, balnearios– ni con la del MICE –salones, ferias, congresos–, ni con la del alojamiento –hoteles– ni con la de la alimentación fuera del hogar –restaurantes, bares o locales de copas–. Estos subsectores, que han ingresado menos de cuatro duros en los últimos seis meses, andan despistados ante el inmediato futuro y francamente preocupados por lo que va a ocurrir a largo plazo. A este grupo de empresas habrá que añadir dentro de la cadena de valor del turismo, el comercio urbano, los taxis, y otro montón de servicios de salud, proximidad, transporte o personales que solo se salvarán por su patrimonio, por los créditos ICO o por los ertes.

Apuestas de calidad

La ausencia de turismo internacional deja claras una serie de evidencias que hay que interiorizar y plantear a nivel de país entre el sector privado y el público. La primera es que tampoco era tan débil el turismo interior: aquellas zonas que lo despreciaron han sufrido este verano, mientras que aquellas que por el contrario lo cultivaron –y de calidad, como la Costa Brava–, se han defendido mucho mejor ante la eventualidad, el segundo residente de proximidad es un público demasiado poco explorado y de alta potencialidad.

La segunda es que las empresas que han optado en las últimas décadas por la oferta de calidad para públicos no masivos han sufrido menos que las que han basado sus negocios en baja calidad para mucha gente.

La tercera es que se impone el redimensionamiento a la baja de la oferta turística, reduciendo las empresas de menos valor, lo barato, lo masificado; hay público suficiente para mantener un país con menor facturación global, pero con una mayor competitividad turística que permita menos estrés puntual de la planta y del territorio en general y mejores salarios para los que trabajan.

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La cuarta es que aquellas empresas que tras la crisis del 2008 ingresaron por la vía de la innovación permanente -transformación digital, pero también de producto, de servicio, de modelo de negocio- están recogiendo sus frutos frente a las otras que si llegaron aquí no superarán esta del covid.

Y quinta, sea cual sea la dimensión de la empresa turística debe ser capaz de diseñar un modelo de negocio que abarque 12 meses, esté dotada de recursos económicos suficientes para resistir en momento malos, y aprecie el talento.